La paradoja del ahorro

Por Roberto C. Ordóñez

La palabra paradoja significa  aserción inverosímil o absurda, que se presenta como verdadera. La palabreja suena fea;  afortunadamente es poco utilizada.

En aspectos económicos la pusieron de moda los economistas clásicos como el escocés  Adán Smith, con su sencilla fórmula: A=I, en la cual la “A” representa el ahorro y la “I” la inversión, lo que en lenguaje sencillo significa que lo que ahorramos en los bancos, estos lo convierten en inversión prestándolo a sus clientes.

La paradoja consiste en que si todos los excedentes de dinero se ahorran e invierten, disminuye el consumo, que es un factor muy importante para la economía. Si no hay consumo, tampoco hay producción ni nuevas inversiones.
Igualmente sucede con los ahorros mantenidos en alcancías o debajo del colchón de la cama, que son ahorros totalmente improductivos, más bien sujetos a que los ratones se coman los billetes escondidos bajo el colchón o se deterioren por la humedad que puede acumularse en los chanchitos de barro de las alcancías.

Otro economista británico que proclamaba los beneficios del ahorro aparejado a la inversión, fue el británico John Maynard Keynes, quien aconsejó al presidente norteamericano Flanklin Delano Roosevelt durante la época de la Gran Depresión del siglo pasado.

A pesar de que era Juan de día y Juana de noche, no se le pueden negar sus méritos profesionales. Sus amoríos con el pintor inglés Duncan Grant fueron famosos, y en su tiempo la comidilla de los altos círculos sociales ingleses, porque Lord Keynes pertenecía a la nobleza y a la más rancia aristocracia.
En 1918 conoció a la bailarina rusa Lidia Lopokova, se enamoró perdidamente, cambió de bando y se casó con ella.

El filósofo, inventor, científico y diplomático norteamericano Benjamín Franklin, fue otro enamorado del ahorro, al grado de incluirlo en la categoría de virtud cardinal, dentro de la prudencia. Decía que centavo ahorrado era centavo ganado. Claro, lo dijo en tiempos en que los centavos servían para algo. Ahora aquí ya ni circulan porque con ellos no puede comprarse absolutamente nada. Sólo sirven para complicar las cifras que manejan los contadores.

Pero volviendo al tema central de que el ahorro es igual a la inversión, entre nosotros eso no es absolutamente cierto. Los bancos hondureños están repletos de dinero, que aunque sea devaluado nunca había sido tanto, debido a que casi nadie pide dinero prestado, ya sea por temor a la política errática del gobierno; por la inseguridad jurídica y la seguridad personal o por los altos intereses. Medio mundo tiene miedo a invertir.
Para el caso ¿quién va a querer invertir en el agro con la amenaza latente de las invasiones? Nadie en su sano juicio.

El asunto del Bajo Aguán es un ejemplo. Tierras que fueron regaladas a los campesinos y que estos friendo y comiendo vendieron, ahora están siendo invadidas otra vez por los mismos campesinos. El problema es viejo y no tiene solución a la vista. Las mismas autoridades agrarias se encargan de mantener viva la llama de la inseguridad.
 
El desorden y las manifestaciones callejeras, durante las cuales se realizan actos vandálicos, son otro freno a la inversión. Los cristales quebrados; las paredes pintarrajeadas y los insultos a los propietarios de los negocios, ponen los pelos de punta a posibles inversionistas.

La inseguridad jurídica es otro factor negativo. De la noche a la mañana aprueban y desaprueban leyes que cambian las reglas del juego o amanecemos con impuestos nuevos  aprobados en madrugones del  Congreso.

Sumado todo esto a la crisis mundial de la cual ningún país ha salido todavía y más bien los entendidos opinan que se agravará, es muy difícil invertir, de modo que lo que los teóricos de la famosa fórmula A=I, no estaban del todo en lo cierto. Estas variables por sí solas no son suficientes.

El gobierno hondureño cree ciegamente en la paradoja. Sólo gasta. No ahorra ni invierte.

Ojalá que al gobierno le funcione el Plan Anticrisis. En 2008 nos agarró con los calzones abajo.

En el plano personal no hay que exagerar como el tacaño Franklin. No ahorremos tanto como para que digan: “En aquella olvidada y sucia tumba, está enterrado el hombre más rico del cementerio”…