EL PUEBLO

arquero33SI hay algo que ha quedado claro de esta contienda electoral, es que la gente concurrió a votar masivamente y que ninguno de los grupos que participaron, por sí solo, puede hablar en nombre del pueblo. Desde los que sacaron más votos, hasta los que casi no sacaron ninguno, no son otra cosa que respetables minorías. No hay uno que represente una fuerza absoluta, como para abrogarse el derecho de expresarse, siquiera, por la mitad del pueblo hondureño, y menos por la totalidad. Decimos lo anterior por ese manoseo repetido que se hace de ese término. El pueblo por aquí, el pueblo por acá o el pueblo por allá. Como si determinado grupo o partido tuviese el control o ejerciese la representación de los cientos de miles de hondureños que conforman el conglomerado nacional. “Aquí está el pueblo reunido”, suele escucharse decir, cuando alguno de esos dirigentes políticos se para frente un puñado de simpatizantes. Como si el tumulto que tiene enfrente fuesen los más de 8 millones de hondureños que residen en el país. Ni cerca, incluso, de los 3.3 millones de compatriotas que concurrieron a las urnas.

El pueblo son los desocupados, los trabajadores, pero también los empresarios. Así como los trabajadores no solo son los sindicalizados, sino además los que no están organizados. Son los que laboran en el sector privado, los burócratas y empleados públicos asalariados del gobierno, como aquellos que trabajan por su propia cuenta. Son las empleadas domésticas, pero también las amas de casa que atienden sus faenas familiares. Igual que los empresarios no solo son los ricos industriales, banqueros o comerciantes, sino los medianos, los pequeños, incluyendo los esforzados dueños de modestos negocios, de empresas que se manejan desde sus hogares, los que tienen tiendas o pulperías y los ambulantes, como los reclutados por la economía informal. El pueblo son los campesinos, pero también los terratenientes, los agricultores, los dueños de la tierra y los que la trabajan. El pueblo son los dirigentes magisteriales, pero también las autoridades educativas, los estudiantes, los padres de familia, los docentes, los maestros politizados y los no comprometidos. El pueblo son los católicos y los evangélicos y los muchos otros que profesan otra fe, incluyendo los ateos que no la tienen. El pueblo son los administradores de los hospitales, de las clínicas privadas y públicas pero también los empleados de esos centros asistenciales, los médicos, los internos, las enfermeras y, no hay que olvidarse, sobre todo, que son los pacientes.

El pueblo son los dueños del transporte, pero igual, son los motoristas, los cobradores y los pasajeros. Los funcionarios de los servicios públicos, los que trabajan en esas instituciones y por supuesto que los sufridos consumidores. El pueblo son los que obtuvieron su título académico y los que no lo tienen, los que ejercen su profesión, adiestrados en un oficio, o dedicados a cualquiera otro quehacer. Son los artistas, los deportistas, los narradores deportivos, los atletas, los entrenadores, los árbitros, los que practican cualquier otra disciplina como también la inmensa masa de aficionados. El pueblo son los que se ganan la vida honestamente y, desgraciadamente, los que se dedican a actividades ilícitas. El pueblo son los dueños de medios de comunicación, los editores, los periodistas, los fotógrafos, los reporteros, los caricaturistas, los columnistas y, ante todo, el amable público que lee, que ve, que escucha y que se informa. El pueblo es todo aquello que se comunica por los teléfonos celulares, el internet y las redes sociales. Podríamos continuar pero, seguramente, el indulgente lector ya se formó una idea de lo que el pueblo engloba. Y entiende el ridículo que hacen los que insistentemente hablan en nombre del pueblo, cuando, a lo sumo, lo que tienen es una modesta minoría.