LA CALLE NIXON

arquero3SIQUIERA por vergüenza deberían mandar a tapar ese montón de baches del anillo periférico. Eso más que una pavimentada asemeja una tabla corrugada para restregar la ropa. O esas superficies acanaladas de los lavanderos domésticos. No miran que por allí van a pasar varias de las delegaciones internacionales que vengan a la toma de posesión. Imagínense la impresión que se llevarán del país todos esos presidentes y los demás distinguidos visitantes, cuando les tiemblen la canillas y les titiriten las quijadas —mientras las llantas de los vehículos que los transportan salgan de un hoyo para caer en otro— a lo largo de todo el zarandeado trayecto del aeropuerto a su destino final. Si esta es la autopista —van a pensar en sus adentros— ¿cómo no estarán de destartaladas las demás vías de comunicación? ¿Y esto —ineludible reflexión— no será un reflejo de la ruina en que está todo el país?

Hace ya bastantes años atrás, cuando se supo de la visita al país del entonces vicepresidente Richard Nixon, de los Estados Unidos, el gobierno de turno quiso estar preparado para semejante acontecimiento. Cumpliendo con los compromisos oficiales, disponía de tiempo para algunas horas de relajamiento. Elaboraron el programa de los lugares interesantes adonde podrían llevarlo durante su estadía. Estaba el mirador de El Picacho. Un lugar más o menos cercano pero, en aquel tiempo, era más un paseo rural que urbano. El Country Club era lo único accesible que quedaba dentro de la circunscripción municipal. El único problema era que había que transportarse por un polvoriento camino de tierra. Así que manos a la obra. Pese a que no abundaban los recursos y otras obras públicas, tal vez, eran prioritarias, el país no podía quedar mal. A grandes males, grandes remedios. La decisión no podía esperar y, sin pensarlo más, dispusieron pavimentar la carretera. Cuando llegó el alto funcionario, el asfalto, en una buena parte del recorrido, todavía estaba fresco y brilloso. Recién lo acababan de echar y no se había asentado del todo. Pero el vicepresidente nunca supo que solo esa calle era la arreglada. Que todo alrededor no escapaba de ser el sencillo aunque pintoresco paisaje, donde mucho más felices convivíamos —sin la carga insoportable de las preocupaciones modernas— los antiguos inquilinos de Tegucigalpa y Comayagüela. La bautizaron como la calle Nixon.

Así que, en esta oportunidad, dado lo memorable de la ocasión, algún sacrificio podría hacer el gobierno. Ejecutar, antes de entregar, los remiendos que ninguno de los que pasó por ese ministerio de Obras Públicas, Transporte y Vivienda —que es más nombre que la labor que realiza— pudo hacer. No ha de ser más caro tapar esos hoyos que el gasto infructuoso que realizaron cuando se les ocurrió, a inicios de la administración, construir el laberinto de los tres carriles. Aquello fue dinero botado. Esto es algo que, aparte de una consideración, para el confort de los ilustres visitantes que lleguen —vendrán más que los que estuvieron en la última asunción— a celebrar con nosotros la algarabía de un nuevo gobierno, va a ser agradecido por los capitalinos. ¿Qué les parece la idea? ¿Verdad que no está mala? Incluso—para que haya bautizo así como hubo en tiempos de Nixon— le pueden poner otro nombre, digamos, el anillo de los Presidentes. Suena bonito. Como a anillo de compromiso. En honor a los compromisos que hicieron todos los ministros que por allí desfilaron, de reparar el periférico, que nunca cumplieron.