Extrañezas de Avellaneda

Por: Segisfredo Infante
segisfredo_infante_new-70Siempre me he preguntado acerca de las posibles razones que llevaron al licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, a escribir una segunda parte del “Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha”, a sabiendas que el autor de la primera parte estaba vivo, y que existía la posibilidad de una respuesta fuerte en contra del imitador. Quizás las razones íntimas del autor anónimo, anti-cervantino, nunca las sepamos, como nunca sabremos su verdadero nombre, lo cual en materia literaria resulta secundario; intrascendente. Como es intrascendente averiguar el “verdadero” nombre de Platón, el genial filósofo griego, porque al final su verdadero nombre ha resultado ser justamente Platón.
No obstante la imposibilidad de despejar algunos misterios en torno a las razones y sinrazones del señor Avellaneda, bien podemos especular. Lo primero que se me ocurre es que el imitador admiraba el genio de Miguel de Cervantes Saavedra, y que por consiguiente se había enamorado del voluminoso “Quijote”, al grado de elaborar una supuesta segunda parte, que le diera continuidad a la obra original, ya fuera porque Cervantes había dejado el libro incompleto o porque se tardaba demasiado en ofertar la genuina segunda parte. Sin embargo Avellaneda, por extraños mecanismos de su personalidad, se negaba a reconocer, abiertamente, su admiración por el genio de Cervantes. Digo esto porque me parece inadmisible que la acción de licenciado Avellaneda se centrara en continuar con el simple desmantelamiento de las novelas de caballería, en tanto que este autor ni siquiera conocía con profundidad el subgénero, porque eran muy pocas las novelas caballerescas que había leído en su vida. Por el contrario, conocía muy los “romanceros”.
La hipótesis número dos es que el señor Avellaneda era un opositor disimulado del humanismo reformista que Miguel de Cervantes entrelineaba detrás de la personalidad loca pero sublime de don Quijote y la de su escudero Sancho, dos personajes que alcanzaron la categoría de universales. Al grado que Avellaneda ridiculizaba al Quijote al rebajarlo a la condición de un simple loco desamorado, que había extraviado sus ideales y que en vez de simbolizar al “Caballero de la Triste Figura”, pasaba a simbolizar al pedestre “Caballero de los Trabajos”, adjudicándole al pobre Sancho Panza, según Menéndez Pelayo y Amado Alonso, unas prevaricaciones idiomáticas, escatológicas y mal olientes.
Pero con las dos hipótesis anteriores queda indecisa, todavía, la verdadera causa de un paisano contra otro paisano, al pretender destruir la personalidad de Miguel de Cervantes y la más grande novela española de todos los tiempos; porque la intención destructiva queda clara desde el comienzo de la segunda parte apócrifa, cuando en el prólogo el señor Avellaneda ataca, sin misericordia, los defectos reales o imaginarios de Cervantes. Le dice que es viejo; que es manco; que es descontentadizo; que todo le enfada; que está “falto de  amigos”; que fue presidiario; que sus novelas no son nada ejemplares; que “tiene más lengua que manos”; y que es cansino o aburrido. Con tales señalamientos pareciera tratarse de una auténtica conspiración intelectual y personal contra un escritor humilde pero genial, de posible origen sefardita, con vocación neocristiana, como era el caso de Cervantes, que tal vez intuía el licenciado Avellaneda, razón por la cual anhelaba destruirlo y cerrarle el paso ante las presentes y futuras generaciones.
Las respuestas de don Miguel de Cervantes Saavedra ante los ataques de su admirador, imitador, continuador y detractor, fueron completamente elegantes. Las de un verdadero humanista. Le responde, entre otras cosas, inalterable ante los fracasos, las burlas y las injusticias, que “nunca segundas partes fueron buenas”. Y que, en cuanto a lo de viejo,  “no había estado en su mano detener el tiempo”, y que las heridas no las había recibido en ninguna taberna, sino “en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados y esperan ver los venideros”. Se refería a la batalla de Lepanto. Es interesante cómo Cervantes busca la manera generosa de disculpar a sus ofensores. Sobre todo a uno que se supone que él jamás había ofendido, esto es, al licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, a menos que se tratara, muy remotamente, del dramaturgo Lope de Vega. En todo caso, es nuestra obligación leer y estudiar a los dos “Quijotes”, el verdadero y el apócrifo.