Debemos fortalecer la democracia

Por: Dagoberto Espinoza Murra
“Aspectos de la democracia” es el título de una conocida obra del italiano Giovanni Sartori, traducida a varios idiomas y conocida como obra de referencia sobre el tema en varias universidades. En la primera página nos entrega la siguiente cita de Tocqueville: “La forma en que usamos las palabras “democracia” y “gobierno democrático” es la que produce la mayor confusión. A menos que estas palabras sean claramente definidas y su definición aceptada, el pueblo vivirá en una inextricable confusión, con gran ventaja para los demagogos y los déspotas”.
Refiriéndose a la célebre alocución de Gettysburg de Abraham Lincoln: “Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, el libertador de esclavos, dice Sartori, “con impetuosidad retórica caracterizó a la democracia con palabras que parecían expresar su verdadero espíritu”. En otros términos: “El Estado está al servicio de los ciudadanos y no estos al servicio del Estado; en la que el gobierno exista para el pueblo y no que el pueblo exista para el gobierno”.
Desde la niñez venimos escuchando la palabra democracia y su contenido ha variado según el gobernante de turno. A los nueve años, en el período de transición de la dictadura al gobierno democrático del doctor Gálvez (democrático por sus acciones, aunque no por su génesis), los comandantes de pueblo ultrajaban a quienes se oponían a los abusos de las autoridades. Nunca olvidamos (sin rencor), cómo en una noche del mes de octubre, a la una de la madrugada, a culatazos abrieron la puerta de nuestra casa. El perro (Clíper) que les ladraba fue golpeado hasta hacerlo vomitar sangre y en la oscuridad de la noche nuestro padre fue conducido a otro pueblo para que se adhiriera al partido gobernante. El jefe de la soldadesca dijo que nuestro progenitor era enemigo de la democracia, por ser simpatizante de Zúñiga Huete y andar repartiendo hojas sueltas del Partido Liberal.
Cuando asistíamos a clases en el nuevo edificio de la Normal de Varones, contiguo al Hotel Lincoln, varios cipotes saludábamos al presidente de la República y el doctor Gálvez, en la puerta de su casa, con una ligera sonrisa nos decía: “Estudien jóvenes; prepárense para el futuro”. Siempre guardamos esos recuerdos y todavía seguimos pensando que el doctor Gálvez fue un buen presidente. El doctor Villeda Morales, gobernante progresista, nos enseñó que la democracia es un sistema que propicia el bienestar de los pueblos mediante las transformaciones que se requieren en un momento dado.
Otros presidentes también han guardado la compostura ciudadana desde los más elevados estrados del poder. Azcona tenía fama de ser muy serio, pero respetuoso con sus colaboradores. Su administración se caracterizó por el ejemplo de honestidad que daba el gobernante. Callejas, con sus educados modales, cautivaba a quienes lo trataban y llegó a ser, en su partido, tan popular como lo fuera el doctor Villeda Morales entre los liberales. Carlos Roberto Reina, incansable luchador por la democracia, dejó un rico legado de respeto a la ciudadanía y a las instituciones del Estado.
El ingeniero Flores tuvo la capacidad de sortear las múltiples dificultades en momentos aciagos como los que vivimos durante y después del huracán Mitch. El licenciado Maduro, en sus cuatro años de gobierno, se mantuvo respetuoso de la Constitución de la República. Lo mismo hicieron Manuel Zelaya y Porfirio Lobo. Este último trató de reconciliar a los hondureños después del innecesario golpe de estado de 2009.
Sobre la personalidad de los políticos se ha escrito mucho. Unos son democráticos y otros autoritarios; sobre estos últimos algunos psicólogos sostienen que en muchos casos se pueden advertir rasgos muy acentuados. Su esfera de valores se centra en el control del poder. Consideran que las otras personas pueden ser manipuladas, pues las motiva la esperanza de la recompensa. Conociendo la bajeza de ciertos amigos y adversarios, ellos están seguros de que la avaricia los hará traicionar los ideales que pregonan. Estos políticos están desprovistos de ética y su moral iguala la verdad y la mentira, siempre y cuando ello sirva para el afianzamiento de su estructura de poder.
“Siempre habrán políticos”, nos dice un autor, y agrega: “Es cierto que recelamos de ellos, que examinamos con cuidado sus acciones y que los criticamos abiertamente, pero estamos conscientes de que su existencia en la organización social es un hecho indiscutible”.
La democracia, por sus imperfecciones y vacíos en nuestro país, demanda de la ciudadanía ser cultivada con esmero y mejorarla todos los días, para lograr su fortalecimiento. Hay que volverla más participativa, mediante la consulta popular en todas aquellas medidas de trascendencia nacional. El autoritarismo y las dictaduras no congenian con la democracia.