ESFUERZO POR SOÑAR

HONDURAS es un país en donde todavía existen algunos márgenes para imaginar un mundo superior. Las simples potencialidades económicas derivadas de los subsistentes recursos naturales –externos y subterráneos–, permiten que los hondureños proyecten el desarrollo industrial hacia adentro y hacia afuera como una oportunidad de enriquecimiento colectivo.
Pero, además, las generaciones actuales deben realizar esfuerzos supremos con el fin ulterior de mancomunar iniciativas de corto, mediano y largo plazos, encaminadas a que Honduras se convierta en un país desarrollado tanto desde el punto de vista material como espiritual. No se puede ni se debe hacer énfasis en lo uno para luego olvidar lo otro. Ambos factores han estado entrelazados en aquellos países y civilizaciones que despegaron y dejaron huella para la posteridad. Un intenso trabajo educativo y cultural, alejado de las ligerezas, frivolidades y superficialidades, debe ir aparejado de las acciones emprendedoras de los pequeños, medianos y grandes empresarios nacionales y extranjeros.
Cualquier detalle de los micronegociantes, positivo o negativo, debe ser motivo de atención y evaluación de aquellos que poseen mirada abarcadora nacional. Y es que cualquier cosa, por insignificante que parezca, debe contribuir a empujar al país en la dirección clave consensuada por la nacionalidad. Una pequeña obra de artesanía se suma a la importante cadena de artesanías y bisuterías centroamericanas, que andan por los trescientos millones de dólares de exportación regional. Cualquier invención de un adolescente, o de un hombre maduro, se podría convertir en una “patente” en un país todavía escaso de patentes. Cualquier obra científica o literaria ajena a los rencores, podría significarse en fuerte “jalonazo” hacia adelante en la andadura de las ideas universales. Hasta la gastronomía típica catracha podría ser motivo de exportaciones para nichos muy específicos del mercado continental. Nada debe ser desdeñado, ni desalentado, mucho menos perseguido, de la producción material y espiritual de nuestro pueblo, toda vez que las economías reales consistentes, en las décadas y los siglos, han arrancado desde abajo, desde las entrañas culturales de la sociedad.
En varias oportunidades se ha reiterado el derecho inalienable de soñar. Honduras es uno de esos países propensos a las depresiones recurrentes que necesitan sobreponerse para soñar y crear las posibilidades de una sociedad con empleo para la mayoría; con una delincuencia reducida al mínimo; con acceso a una educación cualificada; con poca maledicencia en contra del prójimo; y con una vida digna para cada uno de los individuos que integran el conglomerado nacional, sin aquellas mezquindades que lastiman a los unos y a los otros. Después de casi dos siglos de vida republicana es menester que nos detengamos a repensar las falencias que hemos exhibido, y los mecanismos realistas, concretos, que sacarían al país del llamado atraso o subdesarrollo tercermundista.
Soñar despierto es algo precioso que diferencia al ser humano consciente del resto del reino animal, vegetal y mineral. Soñar y realizar, gradualmente, los más hermosos ensueños, en el corto y en largo plazos, es algo que retroalimenta el deseo de vivir y de ser hondureños de buena voluntad. Los pueblos que pierden la capacidad de soñar están condenados a la cotidianeidad y al fracaso rotundo. Pero entonces conviene consensuar y publicitar los sueños catrachos por todos los rumbos del planeta.