Soledad del pensador

Por: Segisfredo Infante
En un par de libros de madurez, don José Ortega y Gasset hace referencia al tema de la soledad del pensador. Y es que poquísimos escritores como Ortega han rescatado, en la historia universal de las ideas, el quehacer del intelectual como algo fundamental de las civilizaciones y culturas. Sobre todo en la España de la primera mitad del siglo veinte, en que el totalitarismo franquista vilipendiaba al pensamiento serio. Pareciera ser un lugar común de aquellas sociedades más o menos atrasadas que se envanecen ante la ausencia, voluntaria o involuntaria, de los intelectuales en general, y de los pensadores sobrios en particular. Otros grupos se envanecen ante la sola ausencia de los libros físicos. Nuestro filósofo español, pese a sus ocasionales éxitos editoriales y de algunas conferencias bien pagadas, experimentó el fenómeno de la soledad y del rechazo hasta las heces.
Por mi parte siempre he reflexionado sobre la soledad física y espiritual del teólogo y filósofo don Agustín de Hipona, cuya vida de pensador transcurrió, principalmente, en las soledades concretas del norte de África, entre la vastedad del desierto, hacia el sur, y de un Mar Mediterráneo, hacia el norte, de dónde provenían muchas noticias negativas acerca de los últimos alientos de Roma, la supuesta “ciudad eterna”. La única compañía de San Agustín era los feligreses muy poco letrados que asistían a sus misas. Pero le acompañaba, en cambio, la riqueza espiritual de un cristianismo neoplatónico, que habitaba sobre su tremenda soledad personal. Trato de imaginar a don Agustín del puerto de Hipona con sus papiros, pergaminos y manuscritos excelsos, bajo el brazo, atalayando las posibles rutas de un presente imperial turbulento, y de un horizonte indefinido.
En un pie de página de sus últimos textos específicos, Ortega y Gasset, hombre religiosamente descreído, habla de la soledad del filósofo, que es más fuerte que la soledad del científico, y diferente de la del poeta. Según Ortega el poeta necesita, con urgencia, de la opinión de los demás. El filósofo, en cambio, sólo dialoga con los filósofos muertos y con sus propios manuscritos, al grado que se desinteresa de la opinión ligera del mundo actual que le circunda. Para los pensadores auténticos podría ser motivo de una cierta felicidad que se les excluya de algunas antologías superficiales y banales. En sus formidables “Lecciones de Metafísica”, previas al texto aludido, dedica unas cinco páginas al quehacer de los intelectuales que se remonta, según él, a unos dos mil quinientos años de antigüedad. Es decir, ese quehacer que se desliga de la “doxa” u opinión de los comunes, apareció en Grecia unos quinientos años antes de Jesucristo. A la opinión común de todos los días, los intelectuales y pensadores antiguos contrapusieron la “paradoxa”. Porque el verdadero pensamiento es paradójico. O antinómico, como sugería el filósofo alemán Ernst Bloch. También los verdaderos profetas del desierto, mucho antes que los filósofos, se desligaron de la gente bulliciosa de la primera plaza pública, para diferenciarse de los seudoprofetas chabacanos, superficiales, que abundaban por doquier.
El pensador genuino es intrínsecamente un ser solitario, aunque escriba en los periódicos (como lo hizo Hegel y Ortega), o participe en la política y aparezca dando conferencias en su país de origen o en diversos puntos del planeta. Sus mejores lectores van naciendo en el camino, gradual pero sistemáticamente. Es más, algunos de los más conspícuos lectores y asimiladores de su pensamiento, surgen muchos años después del fallecimiento del pensador o filósofo de que se trate. No es un consuelo. Es la simpleza de la dura verdad. El hecho es explicable porque el pensador que renuncia a sí mismo, desde la antigua Grecia, ha encontrado que la verdad –intuida, meditada o revelada–, brota de una casi absoluta soledad. De la “desolada soledad” reafirma Ortega. Y agrega: La idea de los pensadores no se puede imponer a los hombres, porque “es pura trasparencia, es incorpórea, es luminoso espectro”. Los hombres racionales pueden digerirla en forma gradual. Lástima que Ortega padeció, además de las limitaciones políticas, de las obsesiones de su propia personalidad. Se movió bajo la sombra avasalladora, incómoda, del filósofo alemán Martin Heidegger, y de algunas alergias anti-católicas. Y a veces anti-hebreas. Pero hay que reconocer que fue un filósofo grande, en medio de su exilio y soledad individuales.