Maravilloso mundo televisivo

Por Segisfredo Infante
Soy de la generación del televisor. A mi hogar temporal de Villadela, cuando era apenas un niño de cinco años, es decir, en los comienzos de los años sesentas, llegó uno de aquellos primeros aparatos modernos a Tegucigalpa, que por ese entonces distribuía “Rivera y Compañía”. Uno de los jefes de la heterogénea familia era técnico de “la casa ciento por ciento hondureña”, encargada de distribuir la pantalla chica en Honduras. Así que la televisión, parejamente junto al cinematógrafo, marcó una de las facetas de mi vida cultural, fragmentada como suelen ser muchas cosas en la historia de nuestro provinciano país. También dentro de mi familia existían algunas personas que se habían desempeñado, y continuaban desempeñándose (sobre todo mi padre, una tía materna y un tío político), como empleados y administradores de cinematógrafos, tanto en la aldea de La Lima como en las ciudades de San Pedro Sula, Juticalpa, Catacamas, Choluteca y Siguatepeque. Por aquellas fechas falleció mi padre, que para entonces fungía como gerente exitoso del “Casino Sampedrano”, razón por la cual nosotros caímos, poco después, con mi madre (QEPD), en precariedades económicas y sociales. Yo mismo trabajé, siendo adolescente, en los “Cines Gemelos Maya” de Tegucigalpa.
Debo reafirmar una confesión en el sentido que después de los buenos libros, tanto el cine como la televisión, entrelazados, han significado una de las pasiones centrales de mi vida. Aunque en los años sesentas y setentas eran poquísimos los canales televisivos de Tegucigalpa y de San Pedro Sula, se podían disfrutar las repeticiones, sobre todo en “Noche de Gala” de los domingos, de excelentes películas clásicas, como “Sinuhé, el egipcio”, “Los Diez Mandamientos”, “Zorba el griego” y un etcétera de filmes de primera calidad. La televisión posee la enorme ventaja que una vez encendida la pantalla, no se requiere de ningún esfuerzo físico ni mental para contemplar recostado cualquier programación, salvo tocar apenas con un dedo la tecla del control para movernos, entre dormidos y despiertos, hacia un nuevo canal. No existe casi nunca el problema de los virus informáticos; ni mucho menos la fastidiosa tarea de “bajar” o “descargar” información. Tampoco existe el riesgo que se meta un “hacker” a arruinarnos el disfrute momentáneo. La ventaja es tan grande que un televisor puede perfectamente durar entre diez y veinte años, sin estar sujetos a las terribles variaciones tecnológicas (y mercadológicas) de cada tres o cinco años, en que se pone en grave peligro la conservación de la memoria histórica en general.
Las buenas y excelentes programaciones televisivas (existen las pésimas), salvo las adicciones individuales, casi nunca entran en conflicto con la lectura sostenida de los buenos libros; más bien se complementan. Un excelente programa histórico y científico de la televisión, viene a respaldar la información sostenida de un libro consistente. En este punto conviene aclarar que hoy en día existen y persisten, sin embargo, algunos cables internacionales de televisión encargados de distorsionar, en forma solapada y a veces exagerada, los hechos históricos y las vidas de personajes importantes de diversas culturas. Incluso hay algunas series televisivas empeñadas en convertir en individuos siniestros a los más importantes personajes de la Biblia, del Viejo y del Nuevo Testamentos. Otros repiten hasta el infinito las vulgares películas de vampiros y de otras monstruosidades. Por eso es que el escritor Lotthe H. Eisner, bautizó al cine y al televisor como “La pantalla demoníaca”, por aquello de “las sinfonías del horror”.
Pero en un balance entre lo bueno, lo malo y lo feo, salen ganando las ventajas maravillosas de la televisión en relación con otras tecnologías lentas y ripiosas, que son muy caras y quedan desfasadas cada tres o cinco años. Los buenos programas educativos tienden a imponerse, sin ninguna coerción, sobre el ánimo de los espectadores que poco a poco aprenden a adoptar opiniones propias. En esta misma época hemos disfrutado, sin ningún esfuerzo corporal ni cerebral, las visitas del Papa Francisco a Tierra Santa, a Siri Lanka y a la República de Filipinas. En nuestro caso personal hemos cosechado una rica y aleccionadora experiencia en la “Televisión Educativa Nacional”, que preside don Rodrigo Wong Arévalo. Sobre todo en nuestro programa “Economía y Cultura”.