A LA DIABLA

A propósito de tanto manoseo a la Constitución de la República. Antes dijimos que muchas reformas a la carta fundamental han sido hechas a la diabla, modificando artículos que, al leerla completa en su contexto general, chocan con otras disposiciones constitucionales. El texto redactado por los constituyentes guardaba la armonía. Fue influenciado por diputados capaces que además de estudiar lo jurídico se preparaban para no hacer papeles ridículos o argumentar disparates. Cuando al inicio de los debates se armó un enredo en las discusiones del pleno, la presidencia dispuso nombrar una comisión coordinadora, integrándola con los miembros más lúcidos de las bancadas para conciliar las diversas propuestas. Hubo proyecto y dictamen de cada artículo –recogiendo el pronunciamiento de las comisiones integradas en las múltiples disciplinas– pero el texto final, presentado para discusión del pleno, era el consensuado en esa comisión coordinadora que sesionaba todos los días.

En el hemiciclo, los miembros de la coordinadora participaban frecuentemente, abundando en explicaciones, para ilustración de los demás diputados. La asamblea tenía la última palabra, pero el trabajo de la coordinadora facilitó no solo la comprensión sobre la materia en discusión, sino que evitó alegatos bizantinos. No siempre los diputados de esa comisión especial se ponían de acuerdo –por diferencia de criterios jurídicos o por razones políticas– y los debates entre ellos en el pleno, se ofrecían con cierto toque de erudición pero también con una elegancia que infelizmente fue desapareciendo en congresos posteriores. Aquello –con todo y sus imperfecciones– dista mucho del parto que podría salir de una constituyente arrabalera como la que algunos proponen. Varias veces, en pláticas informales con algunos amigos que estuvieron en aquella comisión especial se habló de elaborar un libro contentivo de todos esos papeles e intercambios históricos. Sumado a la sustentación que tuvo la inclusión de cada uno de los artículos constitucionales. Una especie de Constitución comentada, como algunas, de otros países y de otras épocas, que sirvieron de referencia para muchas consultas.
Siquiera para que las presentes y futuras generaciones tengan una mediana noción –si es que no acaban de destartalar del todo la vigente, con lo que resultaría inútil el trabajo que estamos sugiriendo– del espíritu del legislador. De haber algún interés para emprender ese cometido –quizá de parte del propio Congreso Nacional– apúrense antes que todos sean solo el espíritu y no quede ninguno para contar la historia. Si aquí en el país hubiese más amor por el derecho –y por consiguiente mayor respeto a las leyes–debiesen buscar una forma de arreglar ese rompecabezas que tienen, a punta de tanta mutilación. Hoy día con todas las deshilachadas y los remiendos, imposible conseguir un ejemplar fiel de la Constitución vigente. A varios artículos al momento de modificarlos, les quitaron conceptos esenciales que tenían su razón de ser. Otros los desmembraron para incluir contradicciones en el mismo texto. Las reformas debieron haber sido para mejorarla no para desfigurarla. Encuentren una forma de armonizar la Constitución. Como alternativa a quienes han planteado fusilarla, dizque por vieja o por desgarbada después de todos los entuertos que la deformaron. Lo lógico sería buscar un equipo que vuelva a analizar el texto –sin menosprecio del conocimiento que pudieran aportar los pocos constituyentes que todavía quedan– junto con todas las reformas (tanto las adecuadas y bien hechas como las postizas) con ánimo de restaurarla; corrigiendo el galimatías en que la han convertido.