Un presente griego

Por Carlos Antonio Carrasco*
La victoria electoral de Alexis Tsipras que a sus 40 años, lo convirtió en el más joven Primer Ministro de Grecia, está provocando la angustia de la oligarquía local habituada a evadir impuestos, monopolizar contratos, soslayar pagos a los bancos y manipular las decisiones políticas para corregir la errática conducción de las finanzas públicas en ese atribulado país que, en el último quinquenio, se empobreció hasta alcanzar inauditos niveles de indigencia. Lo que más me impresionó de sus primeras declaraciones no fueron sus propósitos de enmendar los errores económicos de gobiernos previos, sino su voluntad de restaurar la dignidad de una nación vapuleada por los mandatarios de la Unión Europea que se ensañaron contra Atenas, aprovechando su indefensión frente al peso de aquella enorme deuda que ronda los 275 mil millones de euros. Es que sucede a los países, como a las personas  que,  agobiadas por las obligaciones y la pobreza lacerante, cuando acuden al prestamista usurero, este se arroga el derecho no solo de darles lecciones de moral, exigiendo los términos más draconianos para recuperar su dinero, pero también aprovecha su situación superior para humillarlos y avergonzarlos de su triste postración.  Eso aconteció con Grecia que le arrebató a Turquía, su legendario rival, ese epíteto de “hombre enfermo de Europa” que el otomano lucía hace más de un siglo.
Para la captura del poder, Tsipras, usó como instrumento partidario a la Syriza, heteróclita alianza de izquierdas radicales, con el que se hizo de una cómoda mayoría parlamentaria.
Con ese triunfo en las urnas, el sentimiento popular se creyó vindicado, empero trasladó su pesadilla a los acreedores que son principalmente tres: la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. En principio, la troika no  está llana a renegociar la deuda que por el enmarañado tejido de compromisos suscritos entre los países de la Unión, hace difícil el camino hacia una solución inmediata. Sin embargo, tampoco se desea que Grecia abandone sus pagos, por ejemplo, saliendo de la zona euro, lo que tendría funestas consecuencias para la emblemática moneda y para los mercados internacionales. Esa circunstancia, otorga a Tsipras un fluido margen de negociación, que podría incluir su posible veto cuando se trate de acentuar las sanciones aplicadas por la Unión Europea a Rusia, castigándola por su incursión en Ucrania.  Evidentemente ello explica su comedida vinculación con Vladimir Putin.  Paralelamente, a nivel político las agrupaciones de la izquierda europea han celebrado la victoria de Syriza, como suya propia, hasta alucinando un efecto dominó que afectaría las elecciones en naciones sureñas, comenzando por España (con el Podemos de Pablo Iglesias) y llegando hasta Francia (con Jean Louis Melenchon). Ese sería el caldo de cultivo para quienes pronostican la implosión de la Unión Europea.
Todo me recuerda aquello de que los campesinos predican que “quien paga sus deudas, se empobrece” pero en la encrucijada en que se halla Grecia, con una economía exangüe y un pueblo que impacientemente exigirá resultados, a los acreedores no les quedará otro remedio que rescalonar el pago de la factura en algunos decenios, remitiendo la deuda a las “calendas griegas”, para usar un término con leyenda nacional.
*Carlos Antonio Carrasco, es doctor en Ciencias Políticas y Profesor de Relaciones Internacionales en París.