GÁLVEZ, EL CANDIDATO DE CARÍAS EN 1948

Por: Juan Ramón Martínez.

En política, el peor error que se comete es menospreciar la inteligencia del adversario. O confundir sus habilidades para el juicio y la acción política, con la obra de su gobierno. Esta puede ser mediocre; pero ella no hace tonto al líder político que la dirige. Estas palabras son aplicables a Tiburcio Carías cuyas habilidades –por más que se esté en desacuerdo con su larga dictadura- para la decisión política muestra enorme habilidad, intuición y buen juicio. En 1947, cuando está por concluir su segunda reelección, otorgada con enorme facilidad por el Congreso que le seguía siendo fiel, toma conciencia que no debe reelegirse nuevamente. El mundo ha cambiado con el fin de la segunda guerra mundial. Y Carías cree que el pueblo hondureño ya se ha fatigado con su estilo de gobernar. Por lo que en consecuencia debe buscar a un candidato que le suceda que tenga entre otras características las siguientes: que le dé continuidad a su obra, que mantenga dominada a la opinión pública y que impida que el pueblo pueda levantarse en contra del gobierno, dirigido por los recalcitrantes liberales liderados desde México por Ángel Zúñiga Huete. Varios candidatos se mencionan para entonces. Algunos incluso, se anticipan en forma inoportuna como ocurriera con el general Rufino Solís que desde la ceiba promovía en forma que Carías lo advertía con facilidad su aspiración a sucederle. Por supuesto el grupo que gobernaba con el General Carías Andino, quería que este continuara en la Presidencia, hasta que Dios quisiera. Pero los más cerebrales, encabezados por Carías Andino, consideraba los nombres de Abraham Williams Calderón, Julio Lozano Díaz, Silverio Alonso Brito, “hasta detenerse en Juan Manuel Gálvez en quien siempre apreció el hombre de temperamento tranquilo, honrado, conciliador, ameno, enemigo de la intriga y capaz para conducir los destinos del país con firmeza” (Mario R. Argueta, Juan Manuel Gálvez, su trayectoria gubernativa, Tegucigalpa 2007, página 9”. Además, era público que Gálvez contaba con la simpatía de la principal compañía bananera del país, la United Fruit Company, de la que se decía que, en algún momento, había sido su abogado. De repente el mérito personal mayor de Gálvez, era que no se promovía, proyectando la imagen que no estaba interesado en ser presidente de la República, por lo que Carías pensó y con razón que, siendo tal, aparecía que le escogiera, impredecible a la que, difícilmente se le podrían organizar emboscadas. Que además, mantenía la tranquilidad, en todo momento. Otros creen que la escogencia por Carías, obedeció en mucho a la opinión de doña Elena Castillo de Carías que guardaba mucha estimación por el carácter humilde, la sinceridad y el sentido del humor de Juan Manuel Gálvez. Por esta razón, además, la totalidad del “círculo de hierro” de Carías le adversaban. No le consideraban con posibilidades como otros que, se movían haciendo amigos, creando relaciones y buscando opiniones favorables que se hicieran notorias en los oídos del dictador Carías Andino. Él con su carácter y especialmente su silencio, confirmaba la creencia externa que Carías era insustituible, y que nadie tenía los méritos para sucederle, cosa que agradaba al dictador. Cumplía la lisonja de uno de los seguidores de Francisco Franco que, en un momento le dijo que “Juan Manuel es el hombre más honrado que y honorable que tengo en mi gobierno. Y es el único en quien puedo confiar el poder para que suavice las asperezas presidenciales por mi larga estadía en la Casa Presidencial, el va a agarrar una braza en sus manos, la que tiene que apagar poco a poco y el único que puede salvar las instituciones democráticas, los intereses del país, las vidas y bienes de todos ustedes. Por eso he procurado que llegue sin compromisos a la Presidencia de la República. Ustedes tienen que respetar mi decisión, hecha en bien de Honduras” (Paredes, 58).
 
Como la candidatura era fruto de la voluntad de un hombre, -la de Carías Andino- la convención del Partido Nacional, solo esperó que levantara el dedo para respaldar al elegido. Gálvez, cauto como era, solo presentó su renuncia del cargo de Ministro de Guerra, hasta que lo hicieron candidato del Partido Nacional, por clara decisión de Carías Andino. Por ello, cuando se efectuó, causó un poco de sorpresa entre los más sectarios seguidores de Carías Andino. Aunque los nacionalistas más ilustrados lo disimularon, la sorpresa paralizó a alguno que otro de los panegiristas del Partido Nacional. De allí, “la frialdad con que la prensa cariísta recibió la noticia, actitud que observó el diario La Época hasta que Carías llamó seriamente la atención a sus directivos. La campaña política del nacionalismo frente a la prensa liberal, la libraron El Nacional del profesor José Zerón h. y nuestro criterio de este servidor… Nadie discutía que el proclamado candidato representaba la honestidad en el régimen imperante. Por eso precisamente o argolla cerca del mandatario, lo combatía y por lo que más de una vez intentó inmiscuirlo en sus ilegales negociados. Pero hábil y astuto Gálvez supo evadirlos siempre” (Paredes Lucas, El Hombre del Puro, porque Carías escogió a Gálvez?, 1973, página 36). No es accidental, dentro del estilo de Gálvez, que haya permitido, en forma discreta que un grupo de sus amigos, encabezados por Julián López Pineda, crearan y echaran a circular su propio periódico “El Diario El Día” que, fundamentalmente fue constituido para apoyar su gestión gubernamental, confirmando que no tenían confianza en el Diario La Época, muy cercano al “círculo de hierro” del General Carías. Diario que además, seguiría siendo fiel a los planes de regreso al poder que Carías Andino no disimulaba para entonces. Carías no se equivocó en cuanto a que el país requería de un hombre moderado, tranquilo y sereno que no provocara tensiones, abierto a la negociación. Y que su moderación, operaría como un contrafuego con el apasionamiento del que consideraba el candidato que lanzarían los liberales, José Ángel Zúñiga Huete, visceral, intransigente, brusco y violento, dispuesto a levantar a la mitad del país en contra de lo otro, con tal de salirse con la suya. En lo que se equivocó Carías, fue en el comportamiento final y la lealtad de Gálvez para cumplir el papel que le había asignado: que le cuidara la silla presidencial, para que se seis años después, se la devolviera nuevamente a sus manos.
Juan Manuel Gálvez, nació en Tegucigalpa el 10 de junio de 1887. Sus padres “fueron don José María Gálvez y doña Benita Durón. Su padre, hijo de don Manuel Gálvez, un hombre que sobresalió por su honradez diamantina, fue abogado, y ganó mucha experiencia como juez, diputado, magistrado y registrador de la propiedad inmueble; su bisabuelo lo fue don José María Gálvez, procurador que se hizo famoso por sus aforismos. (Para ganar los pleitos hay que tener: pasos largos, bolsa abierta y boca cerrada. ¡Tener justicia, saber pedirla y se la quieran dar!)” (Rafael Heliodoro Valle, ¿quién es Gálvez?, citado por Óscar Acosta en Juan Manuel Gálvez, Biografía Ilustrada, páginas 80 y 81). Era el hijo menor del matrimonio, siendo sus hermanos mayores José María, Rosa y Cristina Gálvez Durón y que al fallecer (su madre) Benita Durón, y transcurrido varios años, el abogado José María Gálvez Retes contrajo segundas nupcias tomando como esposa a doña Concepción Banegas con quien procreó tres hijos, Carlos, Concepción y Arturo Gálvez, en Juan Manuel Gálvez, Biografía Ilustrada, Litografía Iberoamericana, Tegucigalpa, 2009).
La campaña electoral, inédita para toda su generación que no había visto una desde 1932, estuvo caracterizada por el respaldo gubernamental hacia el candidato oficial Juan Manuel Gálvez, la cercanía de Gálvez a la población y por la ausencia del candidato del Partido Liberal José Ángel Zúñiga Huete –condiscípulos ambos en la Facultad de Derecho de la Universidad Central- quien residía exiliado en México y que solo ingresó al país en el mes de febrero de 1948. Y posiblemente lo más importante: los liberales no sabían cómo hacer la oposición, carecían de medios económicos, no estaban organizados y la mayoría de sus líderes intermedios estaban exiliados o viviendo en condiciones muy precarias económicamente. La embajada de Estados Unidos en Tegucigalpa, reportó que la campaña liberal, en “su organización es pobre, su campaña, en la mayoría de los aspectos ha sido implementada ineficazmente” (Mario R. Argueta, obra citada, página 20) por supuesto Gálvez contaba con los recursos públicos a su favor, con el apoyo de todos los alcaldes del país y de los comandantes de los puestos militares que no estaban dispuestos a perder las elecciones. Por esa causa, los liberales se ven muy limitados en su capacidad de movilización por el país, los liberales que se atreven a enfrentar las autoridades locales –fuera de Tegucigalpa en donde había más cuidado en el ejercicio de la represión por el hecho que la prensa internacional se mantenía ocupada en lo que ocurría en el proceso en que por primera vez un dictador, accedía a dar elecciones que había prometido que serían libres- tuvieron que soportar el encarcelamiento, el castigo físico e incluso el extrañamiento de sus lugares de residencia. Aunque Zúñiga Huete ya contaba con una nueva generación que le sucedería en el liderazgo del Partido Liberal, esta fue objeto de los más duros de nuestros e improperios por parte de los corifeos nacionalistas. “Es en esta campaña política cuando aparece el demagogo doctor Ramón Villeda Morales pronunciando un fogoso discurso que mientras le vale cálidos aplausos de los suyos, merece la censura de sus adversarios que le sindican como un agitador peligroso. Un periódico nacionalista llegó a decir: “Ni Zúñiga Huete ni Villeda Morales levantarán de la tumba a un partido que no supo cuándo gobernó, sembrar la simiente del bien público. La tendencia del doctor Villeda Morales es la de querer atraer al pueblo con su lenguaje turbulento y contundente agitador; pretende desfigurar o disimular la verdad de las cosas. Olvida intencionadamente o maliciosamente que lo que piden los colorados cuando están abajo no lo dan, o mejor dicho no lo cumplen cuando están arriba” (Lucas Paredes, Drama Político de Honduras, México, página 598).
En el 29 de febrero de 1948, José Ángel Zúñiga Huete regresó a Honduras, después de más de quince años en el exilio. En efecto, los liberales, con su presencia, pudieron efectuar su convención el 16 de mayo de 1948. En aquella magna reunión en que los liberales de nuevo se reunían para ponerse de pie y enfrentarse a su tradicional adversario, detectaron dos cosas: la figura firme, casi estatuaria de José Ángel Zúñiga Huete y la emergencia de un nuevo liderazgo en la figura de Ramón Villeda Morales, entonces vicepresidente del Consejo Central Ejecutivo que dirigía Manuel F. Barahona. En el encendido discurso que pronuncia –y que llama poderosamente la atención de las nuevas generaciones liberales- Villeda Morales no rompe ni con las tesis contenidas en el de Zúñiga Huete que continúa representando las esperanzas de las mayorías liberales por regresar al poder de donde los ha sacado Carías desde 1933; ni con el tono reivindicativo , furioso y fustigador. Por el contrario, según Lucas Paredes “incitaba al pueblo al pueblo a la lucha armada. Y ese espíritu de agitación lo mantuvo siempre desde la tribuna cada que tuvo la oportunidad que se escuchara su palabra. Y como otrora lo hiciera, nuevamente el suñigahuetismo acusa al nacionalista de prepararse para el bochinche” (Paredes, obra citada, página 598). El candidato oficial, Juan Manuel Gálvez, por el contrario, representa la moderación, la exaltación de la democracia y la libertad. En ninguno de sus discursos, hace “cargos o ataques o manifestaciones bélicas, palabras de odio, venganza o que indiquen que el hombre seleccionado es el más adecuado para llegar al poder después de un largo período en que el pueblo no tuvo más ley, ni más garantía que la voluntad o la bondad del gobernador absoluto” (Paredes, 599). Además, con la prudencia que le caracteriza se acerca a los nacionalistas que han quedado disgustados con su selección como candidato. Para ello visita a Williams en Choluteca, pactando un acuerdo en virtud del cual los deshonestos que han gobernado con Carías, no lo harán con él. Incluido por supuesto, Gonzalo Carías Castillo, hijo del presidente Carías Andino que, aparentemente no gozaba de muy buena reputación.
Es injusto pedirle a los liberales que olvidaron el pasado dictatorial que les había impuesto el gobierno que, quería con un candidato moderado, que borraran de su memoria todos los agravios y perjuicios sufridos durante los diez años de dictadura de Carías Andino que, bajo su administración, más que en el desarrollo del país, su logro mayor fue el sometimiento de los liberales a los cuales consideraba enemigos de la paz y el bienestar del pueblo hondureño. Un discurso diferente no habría traído beneficio a los liberales; ni le habría permitido a Villeda Morales, forjar un liderazgo sustituto al de Zúñiga Huete, para llevar a los liberales nuevamente al poder.
Al acercarse las elecciones, pactadas para el octubre de 1948, Zúñiga Huete desde el exterior, -el eco en Honduras habría sido mínimo porque casi toda la prensa manejaba el gobierno de Carías Andino- dirige un manifiesto violento y crítico, como no podría ser de otra manera, tanto por su personalidad como por las circunstancias, en el que dice: “En vísperas de iniciarse legalmente el proceso comicial, la secretaría de Gobernación emitió suspicaz y arbitrario reglamento sobre reuniones, organizaciones y manifestaciones políticas, que hizo imposible la actuación y la organización normal y permanente de las milicias opositoras al candidato del gobierno. Esa delictiva circular y su cumplida ejecución, ha venido a constituir un fermento de inconformidad y de revuelta en la mente popular”. La circular a que aludía el futuro candidato de los liberales, un verdadero error político y una muestra que no es fácil el paso de la dictadura a la democracia, decía lo siguiente: Tegucigalpa 3 de mayo de 1948. Gobernadores Políticos. Toda la República. Debiendo inaugurarse el 10 del mes en curso el debate político conforme al decreto No. 25 del Congreso Nacional, previo a la elección de las Autoridades Supremas y con el objetivo de garantizar el orden y la tranquilidad social, el Poder Ejecutivo ha dictado las siguientes medidas que transcribo a usted para su debido cumplimiento: 1°siempre que un club político desee llevar a cabo una reunión política, deberá solicitarlo por escrito, en la capital ante el señor Director General de Policía; en las Cabeceras Departamentales ante el señor Gobernador Político y en los Distritos o Municipios ante el señor Vocal o Alcalde de Policía, con 8 días por lo menos de anticipación. 2° Cinco ciudadanos de reconocida honorabilidad, además del club político, firmará la solicitud comprometiéndose a las condiciones siguientes; a) la reunión se verificará en cualquiera de las horas del día, comprendidas entre las 7 a.m. a las 6 p.m.; que los asistentes de la reunión no llevarán arma alguna, ni se presentarán en estado de embriaguez; c) caso que se verifique el desfile de la reunión por las calles de la población, no pasará por la cercanía de ningún cuartel militar o de policía; d) que los estandartes y cartelones que porten los ciudadanos de la reunión política, no tengan frases injuriosas contra personas o entidades políticas, ni inciten a la alteración del orden público; e) las autoridades de policía se concentrarán a observar la conducta de los ciudadanos de la reunión política, interviniendo cuando se provoquen desórdenes, pudiendo solicitar la cooperación de las autoridades militares si se hace necesario; y f) todas las autoridades de la Policía de la República pondrán en conocimiento del poder ejecutivo, la fecha de reuniones políticas en sus jurisdicciones. Acuse recibo. Afmo. C. Colindres Zepeda. Esto es una prueba, “que Carías no estaba resuelto a cambiar de procedimientos aunque los hubiese condenado en su condición de ciudadano primero, de aspirante presidencial enseguida” (Paredes, 595). Zúñiga Huete estaba en lo correcto, las elecciones no serían libres, porque sencillamente el gobierno de Carías Andino no estaba dispuesto a perder el poder. Y más bien se preparaba para reprimir a los liberales, amedrentándoles, impidiéndoles manifestarse e incluso, usar en su contra la fuerza pública. Y si estas medidas no funcionaban, controlaba todo el proceso electoral, garantizando para su candidato los resultados finales del torneo electoral.
En tales condiciones, el 25 de septiembre (de 1948) se hicieron realidad los rumores cuando por decreto No.1, El Consejo Central Ejecutivo del Partido Liberal declaraba que mientras prevaleciera una atmosfera de opresión, al cual persistía, no tomaría ya parte en la campaña electoral ni concurriría a las urnas, ordenando a sus militantes no tomar parte de la “farsa electoral” (Argueta, página 20). Inmediatamente el candidato de los liberales, renunció a la candidatura presidencial, asilándose en la Embajada de Cuba en Tegucigalpa. El 10 de octubre siguiente se celebraron las elecciones con un solo candidato, el escogido por el general Carías Andino. Sin contendiente alguno, ganó abrumadoramente las elecciones. “Doble capote”, le habría dicho si hubiese anticipado lo que le diría Gálvez a él, Julio Lozano Díaz, después del 7 de septiembre de 1956. La embajada estadounidense dijo que la elección había sido “una parodia patética. Obviamente nunca se intentó darle a la oposición una oportunidad docente, y su ignorante y viciado liderazgo condujo a su completa desintegración se retiró de la desigual contienda. El candidato opositor, si existía su falta de calificación para el liderazgo administró su propio golpe de gracia cuando, nuevamente luego de diez y seis años trató de derribar la casa convocando a una revuelta. Las elecciones, para nuestros patrones, constituyeron una muy pobre demostración. Sin embargo, proyectadas contra la larga historia hondureña de violencia, derramamiento de sangre, caos político y social, la reciente actuación debe ser considerada como habiendo representado, para los patrones locales, como una vasta mejoría y significativo paso adelante en un día eventual que puede traer una mayor vida democrática para este país”. (Burley al Departamento de Estado, 15 de octubre de 1948, citado por Mario Argueta, página 22).