Sobre alianzas políticas

Por: Juan Ramón Martínez
Es muy prematuro hablar de alianzas en momentos en que los movimientos internos –verdaderas trampas que dejó la Opción B contra la democracia de los partidos– cuando los electores no han definido quiénes son los ganadores. Excepto que, se trate de una acción demagógica para sorprender al enemigo a vencer: al Partito Nacional. Con el inconveniente que los resultados proporcionados por las encuestas y aceptados por los “aliancistas”, no cuadran: unidos PAC, LIBRE y PINU, no logran superar en votos al Partido Nacional. Por las dos razones apuntadas, creo que no es prudente hablar de alianzas, especialmente, cuando se observa que para que la alianza funcione, se requiere de la presencia del Partido Liberal,  un actor inevitable, sin el cual, es imposible lograr un resultado plausible para la democracia partidaria que aspiramos.
Hasta donde hemos oído, la mayoría de los movimientos –por supuesto, los más serios y con caudal electoral– resienten las posibilidades de una alianza con un grupo de líderes incongruentes, de difícil química personal, de egos desmesurados, y de autoinventadas capacidades para bregar, coordinadamente, donde casi nadie ha podido hacer nada por cambiar a Honduras, que puedan hacer renuncias personales a favor del bien común. Además los liberales saben, por razones históricas que más de alguno les ha soplado al oído que, en Honduras lo que priva, es el bipartidismo. De allí que, entiendan que la lucha electoral será entre liberales y nacionalistas, por lo que no tienen que dejar su lugar uniéndose a otros que, además de causar rechazos, cada día que pasa pierden fuerzas y crean anticuerpos entre los jóvenes, en donde más trabajo y efectividad ha logrado el Partido Nacional. Zelaya se ha vuelto tan arrogante como Nasralla –con la atenuante suya que se trata de un “divo” de la TV– en tanto que él, por populista, debía ser más cercano a las masas, como cuando fue presidente de la República. Guillermo Valle no cuenta para nada en este asunto, porque además de anodino, carece del respaldo hasta de sus mismas hermanas.
De allí que para el Partido Liberal, no tiene lógica pensar, en este momento, en una alianza electoral. Que no le garantiza nada, que no le aporta fuerza ideológica, porque sus líderes la tienen nada más que arrinconada en los espacios más obscuros del cerebro; y que más bien le resta, frente al público joven y los grupos independientes que han crecido significantemente en los últimos tres años, cualquier posibilidad de apoyo. Además, los liberales más lúcidos –que los hay en el vacío ideológico que atraviesa el Partido Liberal– saben que las alianzas son efectivas, una vez, concluidas las elecciones generales. De forma que  los liberales apuestan a que si no ganan las elecciones, se aliarán con quien consideren útil, para controlar el Congreso que, en su oportunidad, por ascos justificados, rechazaron. Cosa que se entiende, porque pactar con Libre era y es un acto estomacal más fuerte que sus capacidades, porque ello significaba, no solo perdonar al traidor, sino que facilitarle  para que, por tercera oportunidad le permita en forma seguida el triunfo al Partido Nacional. El Partido Nacional, sin Zelaya, estaría vagando en el desierto de la oposición más desamparada que imaginarse pudiera, sin ninguna esperanza de encontrar incluso accidentalmente, un oasis en que saciar su sed electoral. Por eso es que JOH cuida con pinzas a Zelaya. Es el arma arrojadiza para dividir al electorado, que contradictoriamente, en la medida que más pudiera crecer –especialmente si Trump desata como  hace el antigringuismo en América Latina, donde mostrando virtudes de un “Lázaro mejorado”, ha conseguido revivir las posibilidades de López Obrador para que gane las próximas elecciones en México– lo haría, a costa de producir más miedo en el centro derecha del país y un retraimiento así mismo en el Partido Nacional y el Partido Liberal, para los que el verdadero enemigo es, Zelaya Rosales. Discutir una alianza en este momento e incluso empujar al Partido Liberal para que olvide las ofensas y traiciones de Zelaya y más bien se una con él, es algo que no contribuye con la democracia que queremos perfeccionar. El Partido Liberal debe reencontrar su identidad. Y asumiendo los valores del bipartidismo, luchar y derrotar al Partido Nacional. Pero sin Zelaya Rosales de peso muerto.