Lenguajes hiperbólicos

Por: Segisfredo Infante
En este caso el concepto de “hipérbole”, que ya he utilizado en otros artículos, adquiere una denotación especial, respaldado por el último Diccionario de la Lengua Española (de la RAE), en tanto que aparte de su sentido geométrico, se le añade el significado de “Aumento o disminución excesiva de aquello que se habla”, o “Exageración de una circunstancia, relato o noticia”. En muy raras ocasiones de mi vida de escritor, he utilizado el aludido “Diccionario”, venerable como el que más, por aquello de pretender buscar y conservar mi propio estilo, incluso mi propia sintaxis, algunas veces enrevesada, es decir medio barroca, por aquello, además, de los neologismos y de los giros idiomáticos personales, tanto en sus significados como en sus significantes. La claridad de los contenidos tiene que ver, en estos casos, para decirlo a la manera del filósofo español-mexicano don José Gaos, con la profundidad del texto.
Pues bien. En Honduras y en muchos otros países todavía tercer y cuartomundistas, los lenguajes hiperbólicos, o exagerados, o minimizados, en materia política o ideológica, suelen ser como el pan de cada día. Pero no es de ninguna manera el “pan de yema” delicioso que hace algunas décadas horneaban las matronas en sus propias casas. Sino que un pan amargo, que en último caso es todo lo contrario del buen pan. Y al final más pareciera ausencia de pan del saber en los países propensos a las hambrunas cíclicas. Desde luego que en los tiempos actuales algunos segmentos de las ultraizquierdas y ultraderechas, tanto en nuestra amada Europa como en nuestro admirado Estados Unidos, han retornado a los lenguajes exagerados, sobrecargados de sesgos y de odios en contra de todo lo existente, los cuales son muy parecidos al lenguaje de una de las teorías de la “conspiración mundial”, que esgrime, sin ningún rubor historiográfico ni mucho menos filosófico, el periodista ruso de actualidad, el señor Daniel Estulin. No deseo referirme, por ahora, a los países y naciones que subsisten y persisten con los antiguos fundamentalismos religiosos extremos (con un retraso de ocho siglos históricos), para justificar las masacres masivas en contra de personas indefensas de las religiones occidentales; o de sus propios feligreses orientales cuando éstos mantienen costumbres y prédicas moderadas.
Por nuestro lado en este país periférico se está volviendo una costumbre achacarle todos los defectos y las culpas de cualquier situación pasada, presente o futura, al actual presidente don Juan Orlando Hernández. Cuando viajamos en taxis o en autobuses (incluyendo ciertos restaurantes), que se sintonizan algunas emisoras y algunos canales de televisión, observamos y escuchamos que se abren enormes espacios para la diatriba ideopolítica feroz, superficial y mentirosa, en contra del presidente de la República y de ciertos allegados, en donde cualquier persona (gracias a la “democracia” que sabe atacarse a sí misma) sin ningún bagaje político y sin ningún conocimiento histórico, descarga todas sus medias verdades y todos sus odios extremos (acumulados a través de las décadas) en contra del licenciado Hernández y del partido político de gobierno, perdiendo de vista que muchos de los hablantes son responsables, directos e indirectos, de los problemas estructurales y coyunturales del pasado. Se les olvida con una enorme facilidad (porque son enemigos de la historia imparcial) quiénes son los responsables principales que aquella “Estrategia de Reducción de la Pobreza” haya quedado hecha polvo frente a los organismos de crédito y de cooperación internacionales. También se les olvida el problema del decaimiento originario, casi absoluto, de los nobles y a veces utópicos “Objetivos del Desarrollo del Milenio”. Por cierto que el concepto inicial de “decaimiento” es propio de los viejos filósofos y actualmente de los físicos de partículas. Pero lo peor de todo es el olvido de la responsabilidad de un gobernante (y de su grupo) que permitió que la curva de la violencia organizada y común se disparara casi verticalmente durante su periodo gubernamental, sin ignorar que durante la siguiente administración del Estado continuara el fenómeno “imparablemente”, hasta que llegó Juan Orlando a neutralizar un poco, o bastante, este fenómeno cuasi satánico  que lacera a la sociedad hondureña.
Desde que el cuentista, poeta y panfletista patriótico don Froylán Turcios (muy estudiado por mi amigo el ensayista y académico don José Antonio Funes), escribiera que el hondureño siempre tiene “el dicterio a flor de labio” para expresarse mal de otros hondureños, casi nada hemos avanzado desde entonces. Las cosas siguen intactas respecto de los lenguajes hiperbólicos de finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte. Casi nada hemos avanzado en materia del “Espíritu”, excepto en casos aislados. Por eso a Juan Orlando le achacan las culpas de todo. Incluso si pasa o nunca pasa el cometa “Halley” por el sistema solar, para los difamadores el actual presiente pareciera el único responsable. Desde al abismo circunstancial de mi actual estado de ánimo, no me hago casi ninguna ilusión acerca de la posibilidad de mejorar nuestros lenguajes ideopolíticos. Falta muchísimo para que como sociedad alcancemos la madurez de pensamiento.