El centinela del escudo

Una historia soñada basada en hechos reales

Por PG. Nieto
Asesor y Profesor C.I.S.I.

Hay quien piensa que nada en la vida sucede por casualidad y estamos predestinados a que ocurra, otros por el contrario consideran que el destino nos pertenece y podemos controlarlo. Sea como fuere siento que ha llegado el momento de compartir un secreto que llevo guardando por más de treinta años. Una situación que viví en el año 1983 y que cambió mi vida, literalmente la salvó. Quisiera que quien acostumbra a leerme conozca la historia porque pudiera ser que también salve la suya…

Ese año me encontraba trabajando como instructor para el Servicio de Información de la Guardia Civil en Las Vascongadas, España. El territorio vasco se encontraba desde el año 1968 golpeado por los atentados de la banda terrorista ETA, acrónimo del “euskera” -lengua vasca- que significa: “Patria Vasca y Libertad”. Mi trabajo de lunes a viernes era la formación de los guardias civiles que se encontraban de hecho, pero no de derecho por falta de formación y certificación, integrando los equipos de operaciones de campo. Fui seleccionado por mis superiores para trabajar por un año como instructor. Los fines de semana descansaba, no obstante algunas veces acompañaba a las patrullas en sus vigilancias, así podía observar in situ sus necesidades operativas.

Ese domingo los terroristas habían colocado una bandera independentista en una torre del tendido eléctrico en un monte del pueblo de Lasarte. La “ikurriña” era utilizada como emblema por los separatistas, siendo un delito exhibirla. El oficial en jefe, en respuesta a una denuncia anónima, había mandado a la patrulla para retirarla tomando las precauciones del caso. Éramos cuatro en total.

Al llegar al pueblo estacionamos el vehículo oficial en la plaza, desde donde iniciaba el estrecho camino de tierra que subía al monte. La ikurriña se observaba perfectamente sobre la torre metálica ondeando al viento a unos cien metros de distancia. El conductor se quedó en el vehículo pendiente de la emisora mientras iniciaba con mis dos compañeros el recorrido de ascenso. En ese momento una persona abrió el portal de su casa junto al camino, y me hizo gestos repetidos para que me acercara mientras se llevaba la mano al pecho desplomándose. Rápidamente intuí que estaba sufriendo un infarto. Traté de desabrocharle la camisa pero me agarró con violencia de la muñeca mientras mirándome con ojos desorbitados me dijo: -¡Déjelo! Ya es mi hora-. En la otra mano llevaba un objeto que me entregó mientras balbuceaba jadeando: -“Gracias, pero mi tiempo llega… Le entrego el escudo… a partir de ahora le protegerá…”-.Y expiró.

Estaba desconcertado, me volví y grité al conductor para que llamara a una ambulancia. Miré al camino y mis compañeros ya estaban cerca de la torre… Tenía el objeto y me causó una poderosa curiosidad. Se trataba de un tubo metálico de color negro mate de unos 25 centímetros de largo que podía abarcar al cerrar la mano. Era algo pesado, con una especie de tapón rosca en un extremo. Me quedé de rodillas mientras lo abría para terminar sacando un pequeño pergamino enrollado. Observé que estaba envejecido, escrito con tinta negra, letra gótica, a mano alzada… Y leí:
“Soy el centinela. Estas palabras no proceden de persona sino del que lleva el escudo cuya misión es proteger tu vida. Lee el mensaje cada día y acudiré junto a ti para librarte del peligro y de la oscuridad. Cuando Dios disponga tu partida te avisaré para que busques una persona a quien le entregues el escudo”.

En ese momento la explosión me levantó del suelo y me proyectó violentamente contra la pared del edificio. Los cristales de las ventanas caían en derredor como cuchillas de afeitar. Una bomba trampa había sido colocada por los terroristas cerca de la torre que lamentablemente no fue detectada por mis compañeros. La explosión los mató de forma instantánea. Yo me salve sin duda porque me entretuve en leer el mensaje. Desde entonces cada mañana de cada día, al levantarme, saco del tubo el pergamino y leo: “Soy el centinela…”.

Creo que se trata de una invocación directa a mi ángel de la guarda puesto por Dios; un mensaje escrito por el propio centinela que activa el escudo. Algún día, cuando llegue mi hora, el centinela pondrá en mi camino al relevo. Hoy lo quiero compartir con mis lectores porque pudiera ser que el poder no esté en el pergamino, sino en las palabras pronunciadas con fe. En estos tiempos donde se perciben tantas incertidumbres y pérdida de valores, quiero entender que si cada hondureño, con el corazón limpio, se levanta cada mañana para dar su mejor esfuerzo por hacer más grande la patria, el centinela acudirá para protegerlo.