LA OPOSICIÓN Y LA CHULA

ESE es el problema cuando la oposición es un desparrame de grupos con varios frentes y muchas cabezas. No hay forma de aglutinar la masa descontenta. A la hora de presentar un frente común –por diferencias de criterio, o de estrategia de los que conducen el bulto, o sencillamente por pleito de protagonismos o recelo entre los líderes– unos agarran para un lado y otros para el otro. El poder, cuando se tiene en un puño, como lo ejerce Nicolás –no hay institución pública que no controle y que no le obedezca– tiene la ventaja de contar con el tesoro nacional, (no importa si las arcas están dilapidadas); sacar todo lo que ocupa para mantenerse anclado a la silla, pero además de ejercer una influencia vertical sobre todos los demás. Aunque la oposición sea la inmensa mayoría popular y el oficialismo represente una ínfima minoría de la gente.

Siempre tiene manera de mover prosélitos a las calles, de inyectar la adrenalina en base a glorias pasadas, de crear y satanizar enemigos, de cobrar favores, como de continuar repartiendo privilegios aunque la colectividad se esté muriendo de hambre. Como la oposición es un rompecabezas de segmentos que solo se juntan efímeramente para enfrentar al enemigo común, cada cual lo hace con agenda propia y, por supuesto, que en consonancia con su interés político. Allí todos opinan y nadie manda. Unos quieren hacer oposición de una manera y los demás de otra. El oficialismo, en cambio, solo tiene una consigna, mantenerse en el poder a como haya lugar. No hay más voz que la del jefe omnímodo y sus caprichos, al que todos los demás tienen que cuadrársele y obedecer. Si la gente, que ya no aguanta la crisis –una economía arruinada sometida a un retroceso espantoso y a una escasez de lo elemental para vivir sin precedentes– ha salido a la calle en forma multitudinaria a protestar, ha sido en parte por iniciativa propia.

Hoy atendiendo la convocatoria de líderes estudiantiles indigestos con los abusos de poder, o por solidaridad con los muertos masacrados por la represión infame, mañana por los sectores políticos que a ratos se encuentran, o en forma espontánea por hartazgo a esa miserable situación en que están. Siempre con la esperanza que las cosas puedan cambiar. Las democracias latinoamericanas son más proclives a la desestabilización cuando los gobiernos enfrentan crisis. En los momentos álgidos, cuando se arman los zafarranchos en las calles, las protestas masivas y los enfrentamientos –con un arrugue de cara de la comunicad internacional– el ejército acaba interviniendo. El desenlace depende de hacia dónde se inclinan los uniformados.

En el caso venezolano la lealtad de los generales –incentivados por el manejo y el comercio de recursos estratégicos del país–es con la autocracia, independientemente de lo que el pueblo quiera. La milicia, además, ha estado sometida al entrenamiento, a la ideologización y a la penetración ajena de los aliados estratégicos del extinto comandante y ahora de Nicolás. (Es la ventaja de estar sentado en reservas inagotables de petróleo, de repartir lo que no es suyo a los amos y a los satélites, aunque la fracasada Revolución del Siglo XXI haya terminado dilapidando y arruinando el manejo de ese valioso rubro). La Constituyente de Nicolás disuelve la Asamblea Nacional opositora, debilitando su presencia. Los tiene ante de la disyuntiva de participar o no en las elecciones de alcaldes y gobernadores. Si participan legitiman lo que ha hecho. Si no lo hacen pierden lo poco que controlaban. La amenaza de una intervención militar del imperio más bien le cae como regalo del cielo. Ahora no hay necesidad de inventar la amenaza de un enemigo externo para apelar al nacionalismo interno. Hasta los más críticos gobiernos latinoamericanos rechazan la intervención. Lograron dividir a sus opositores y cambiar el tema. Antes era la crisis y la destrucción de la democracia, ahora una intervención militar que posiblemente nunca se dé, pero que sirve de chula.