Todo es cuestión de tiempo

Por PG. Nieto
Asesor y Profesor C.I.S.I.

Cuando tenía unos meses de edad mi familia se trasladó a vivir a Guinea Ecuatorial, en África. Un territorio de 28.000 km cuadrados que ostenta una bandera nacional cuya composición y colores recuerda mucho a la del partido Alianza Patriótica. Mi padre, exmilitar, fue contratado por una empresa americana que distribuía maquinaria y equipamiento para la construcción y explotación forestal. Regresé a España con diecisiete años y el sentimiento de que abandonaba mi patria y me iba a vivir al extranjero.

Hay un dicho: “No sobrevive el más fuerte sino el que sabe adaptarse”. Traté de integrarme en una sociedad y escala de valores nueva para mí. Un grupo de compañeros de preuniversitario (antiguo curso de acceso a la universidad) habían fundado una revista llamada “Impulso”, y entré como columnista. La sección que me asignaron se llamaba “Pensamientos” y su temática general: “Las emociones de la vida”. La revista se publicaba mensualmente y su venta estaba asegurada entre la comunidad de estudiantes.

Las emociones son primitivas, a veces irracionales, mientras los sentimientos son su racionalización. No hay nada más difícil que trasladar los sentimientos al lenguaje, palabras y oraciones. Fue mi primera colaboración “kamikaze” y traté de escribir sobre la búsqueda material de la belleza espiritual, por tanto de una quimera. Decía así:

“Hoy quiero borrar el recuerdo de mi olvido y recorrer contigo la vereda de las lágrimas, tus lágrimas. Hoy quisiera estrechar tus manos, beber tu llanto, respirar tu aliento, despertar cuando el mundo languidezca, amanecer cuando todo oscurece.

Hoy quisiera convertirme en un pensamiento para poder penetrar en tu alta por tu cuerpo, por tus ojos, por tu lamento. Hoy quisiera reunir en cada instante todo lo que por ti siento, esconderlo entre los pétalos de una rosa y entregártelo a ti, a tu corazón. Pero un momento, un instante sería demasiado tiempo para unos cuerpos que se pudren en cada suspiro.

Me voy, me alejo de este mundo que no supo entenderme nunca, que cerró sus manos cuando yo las tuve abiertas. Quiero buscar un lugar donde poder dedicarte mi vida solo a ti.

Si quieres buscarme piensa en los pájaros, los únicos que no te engañarán, el único amor que se encuentra por encima de los seres que pisan el suelo, que viven bajo tu sueño, el sueño de los pájaros…

Si quieres tenerme en tus pensamientos aspira la brisa que mece la última hoja de cualquier árbol, allí arriba estaré esperándote, intentando vivir una existencia que solo en ti se encuentra, mi vida.

Si quieres abrazarme búscame en la última piedra de la torre más alta, allí estaré llorando mi felicidad tan cerca del cielo que creeré no haber pisado jamás la tierra. Allí, donde las nubes que se mueven son como ríos que en su murmullo te nombran. Allí, donde la lluvia son lágrimas que en tus mejillas resbalan. Allí, donde el viento es el suspiro que brota del alma de un ser que sin tu presencia no existe. Allí viviré de los recuerdos esperando que tu corazón y el mío lleven el mismo latido…

Tiempo, tan solo tiempo es lo que nos separa. Gotas de rocío que al amanecer cubrirán los campo s. Juntos veremos caer los segundos hasta que todo el suelo sea blanco, entonces tu y yo podremos caminar de la mano sin que nuestros pies se manchen por el barro”…

Se cumplen cincuenta años de esa colaboración y sigo escribiendo sobre las emociones pero ahora desde las ciencias de la Inteligencia. Cuando abordo la CNV (Comunicación No Verbal) desarrollo con los alumnos las siete emociones genuinas, llamadas “antifraude” porque la respuesta del rostro del ser humano ante cada una de ellas no puede ser falsificada. No importa la cultura ni poder adquisitivo del sujeto; que viva en la gran manzana de Nueva York o pertenezca al pueblo tolupán y no haya salido de la “Montaña de la Flor”; el rostro de ambos reaccionará de la misma manera ante estas siete emociones. Así nos hizo Dios, lo llevamos en el ADN.

Las siete emociones son: Asco, desprecio, enfado, felicidad, miedo, tristeza y sorpresa. Ante cada una el rostro muestra kinemas (gestos) similares. Si sumamos a esta realidad el conocimiento y la habilidad (practica) del significado gestual del resto del cuerpo, añadimos la paralingüística (descomposición de la voz), y finalmente el significado del movimiento involuntario e inconsciente del globo ocular, seremos capaces de detectar si una persona está mintiendo. Esto es ciencia no adivinación. Una herramienta de enorme utilidad, por ejemplo, para su aplicación en las entrevistas, los interrogatorios, incluso para los poligrafistas.

Anteriormente escribí sobre “La mentira como herramienta de poder político”, espero hacerlo sobre la CNV de nuestros políticos, para que cuando nos hablen delante de una cámara de televisión sepamos identificar si nos están mintiendo.