Orificios

Alejandro Carrasco
Los orificios hechos por esta polilla en las páginas del libro que acabo de rescatar son perfectos. La circunferencia es exacta, ha de ser una polilla intelectual, con pensamiento crítico y diferente. Quizá está en exilio por eso, sí, un día decidió irse de su colonia y buscar comer mejor. Y qué mejor que los libros.
Página 198 de 201. Qué poco le faltó a la amiguita para terminarlo. Tiene mala suerte que me haya asustado al verla mientras pasaba las hojas para saber hasta dónde había perforado. El manotazo fue letal, reflejo directo de la sorpresa. Me indulto un poco del insecticidio, ya que nunca imaginé toparme con el perpetuador de los orificios. Y bueno… pasó a mejor vida.
198 orificios. Un túnel gigante sin lugar a dudas. Una obra magistral y hasta se ve que lo hizo con respeto al futuro lector del libro, ya que los hoyos no son lo suficientemente grandes como para interrumpir las ideas plasmadas en estas páginas amarillentas. Ahora lo leeré, sino el crimen no será justificado ante los tribunales absurdos de mi conciencia.
Las primeras cinco páginas; bien pudo el insecto haber devorado más. Estos prólogos hechos por los mismos autores del libro son de risa llorona y de llanto risueño. El escritor se siente en la necesidad de explicar por qué escribió la obra. Los motivos que lo obligaron a concentrarse por dos años y dedicarse al estudio de las fallas de la sociedad actual. Además añade sus dudas antes de publicarlo por los efectos negativos que se pudieran producir hacia su persona porque en esta diatriba a la cultura, o carencia de ella, del país asegura que “nadie se salva”.
Son ya 30 páginas y ya me dio alergia. El polvo de los libros almacenados en la oscuridad densa junto con la humedad abrumante me provoca rinitis. Mis ojos irritados se preguntan si su estado se debe a mi condición o a lo amargo, ácido y satírico que leen en estas letras de odio sapiente. Sin embargo, a veces concuerdo con el escritor y en otras ocasiones naturalmente cierro la obra y veosu foto en la contra tapa con aire incrédulo y le digo: “tampoco todo esto es tan así” o le pregunto: “¿Tenés algún problema conmigo?”.
Estoy ya en el centenar de páginas. En una parte exclamé una cita interesante que encontré porque me sentí tan identificado con las convicciones del escritor, comulgué tanto con sus ideas, que de pronto fluyó en mi fuero interior un sentimiento de indignación merecedor de ser explotado con un estridente grito de guerra de esos que eructan los vellos de la espalda y excitan tus entrañas revolucionarias que son diariamente reprimidas.
Un evento particular sucedió cuando iba en la 160. Hubo un movimiento sísmico. Revisé las redes sociales para ver los típicos estados de la gente y el anuncio del suceso con la vocación característica del mejor de los periodistas. (Por cierto, una parte del libro es dedicada al periodismo, y bueno, lloré para no reír). En ninguna plataforma se informó de un movimiento telúrico. “Tengo que dejar de fumar” me dije o me mentí. Un estudio de una universidad que no recuerdo el nombre pero sé que es prestigiosa, afirma que los fumadores excesivos sienten terremotos ficticios. Mejor leo más.
Página 198. Estoy a punto de terminar esta crítica llena de sentido y de pesimismo. Aunque en este momento me asalta el pesar, hay una sensación traicionera que me dice: “Cómo has perdido el tiempo”. Pero debo seguir, mi necesidad de conclusión es implacable; si empiezo termino, solo así tendré una opinión concienzuda del escrito.
Otro temblor. Este no puede ser quimera. He salido para ver si mis vecinos lo han sentido pero nadie se asoma. Y es ahora cuando lo entiendo todo. En este instante veo con pasmosidad la luz encima de mí. Y de esa luminosidad aparece una mano que incrementa cada vez más su tamaño. Ni modo, me quedaré con la gran nostalgia de no poder terminar el libro. Por lo menos los orificios tienen una circunferencia perfecta.