El desempleo de los jóvenes en Honduras

Por Rafael Delgado Elvir
Economista. Catedrático universitario

El comunicado del 8 de junio de la Iglesia Católica por medio de la Conferencia Episcopal de Honduras es muy claro. Los obispos denuncian el aumento de la insatisfacción sobre las condiciones de vida de los ciudadanos, recalcan sobre la disminución en la credibilidad de las instituciones y de los principales actores de la vida política del país. Al parecer, agrega el comunicado, todo esto ocurre sin que a los líderes políticos les preocupe en lo más mínimo. Llama entonces y recuerda al gobierno sobre la necesidad de rehabilitar la política, respetar la Constitución Política del país; fortalecer la misma y no debilitarla con leyes, decretos y sentencias hechas para proteger a personas señaladas por corrupción.

Estas declaraciones llaman la atención ya que tienen un sólido asidero. No son inventos, están respaldadas por lo que diariamente vive la población hondureña hastiada por una serie de problemas que les impide trabajar, vivir, tener éxito y progresar. Si repasáramos los problemas a los que tiene que enfrentarse el hondureño promedio desde que abre los ojos hasta que nuevamente termina el día, nos daremos cuenta de su ardua lucha diaria por sobrevivir. Y si a eso agregamos lo que ocurre en los altos círculos de la política y los negocios del país, nos daremos cuenta del repudio que generan las evidencias que se presentan de la corrupción que sigue intocable, acuerpada por el poder y el dinero.

Creo que para obtener una idea de lo que sustenta ese descrédito y ese repudio a lo que ocurre en el país, basta con remitirnos a lo que ocurre en el mercado laboral y específicamente lo que vive la juventud hondureña al momento de querer ingresar a la vida activa. Según un estudio de USAID sobre el mercado laboral para los jóvenes de zonas vulnerables, dado a conocer recientemente, 169 mil jóvenes al año desean entrar a la vida productiva. Pero la gran mayoría de estos jóvenes no encontrarán empleo, se convertirán en desocupados o en el mejor caso serán subempleados. La apertura de nuevas plazas en las empresas sigue siendo muy poca si la comparamos con ese ejército de jóvenes dispuestos al trabajo. De acuerdo al informe del USAID, el desempleo para la población entre 15 y 30 años es del 30%. En definitiva, una cifra alarmante que esconde detrás una tragedia de dimensión social desde donde se alimentan diferentes problemas sociales.

Es importante destacar que la historia no termina allí para los menos favorecidos. Además de que no tienen empleo, los jóvenes procedentes de barrios y colonias populares tampoco tienen posibilidades de obtenerlo. Existe ya en el mercado laboral una estigmatización de los jóvenes por su lugar de residencia. Vivir en zonas conflictivas caracterizadas por la presencia de maras, tener una discapacidady no poseer una apariencia física y patrones de vestimenta diferentes a lo requerido son factores que corren contra sus posibilidades de ser contratados. Algo más: estos jóvenes de zonas vulnerables generalmente no tienen su educación primaria, secundaria o universitaria terminada, condición muy importante para obtener un empleo.

Esta situación es una evidencia que muchas cosas no están funcionando bien tanto en la empresa privada como en el gobierno. En efecto, en el país carecemos de esfuerzos contundentes por parte de ambos sectores para elevar la formación técnica y profesional de esos miles de jóvenes que ingresarán posteriormente en el mercado laboral. Todo se agota lamentablemente en aislados y descoordinados esfuerzos que no llegan a la periferia muchos menos al núcleo del problema; en rimbombantes campañas gubernamentales sin sustento. Lamentablemente, muchos de los que deciden, siguen creyendo que la tragedia del mercado laboral es una oportunidad para el país y así seguir ofreciendo mano poco calificada con bajos salarios.

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