Acto y potencia de Honduras

Por Segisfredo Infante

Cuando fuimos a San Marcos de la Sierra para poner en ejecución el proyecto de tres brigadas médicas multidisciplinarias, hace más de doce años, primero realizamos un mapeo de cuáles eran los municipios más pobres del país, según los informes del “PNUD” que teníamos a mano en aquel entonces. Y en consecuencia redescubrimos que el municipio más pobre, entre los pobres, era el mencionado San Marcos de la Sierra, localizado sobre el borde tectónico de la depresión seca del país, en el sur del departamento de Intibucá, conocido ordinariamente como “corredor seco” de Honduras. Ni siquiera teníamos, pues, una idea aproximada en dónde exactamente quedaba el municipio, con una carretera espantosa en aquel momento. Sin embargo, decidimos hacer la primera brigada con el doctor Abraham Pineda Corleone, José María (“Chemita”) Valle Bustillo, mi hijo César Adonis, “Luisito” Zelaya y otros amigos y conocidos, arriesgándonos en un viaje, por así decirlo, hacia lo desconocido en nuestro propio territorio.
Exceptuando a los cooperantes japoneses, antes de nosotros nadie había querido permanecer un par de días en “Guarampuque”, con el riesgo de ser picados por las chinches provocadoras del “Mal de Chagas”. El alcalde de Gualcinse hizo posible la conexión con el Alcalde de San Marcos de la Sierra, un pueblito mestizo que en toponimia lenca se pronuncia como “Guarampuque”, desde tiempos inmemoriales. En las subsiguientes brigadas nos acompañaron Elsa Marina Torres, Manuel Antonio Rodríguez y otros estudiantes más. En una de las brigadas Rodrigo Wong Arévalo facilitó un microbús para que pudiéramos viajar. El diario LA TRIBUNA, por su parte, envió a dos reporteros para que constataran nuestras observaciones sobre la miseria extrema de los habitantes de aquel mundo paralelo, sin agua potable, sin agricultura, sin lluvias, sin alimentos y sin salud. Las brigadas las financiamos, lo he repetido en varios artículos, de nuestros propios bolsillos; pero claro, eso no les interesa de ninguna manera a los tecnócratas ni mucho menos a los individuos que se encuentran ideologizados hasta la médula del hueso, con banderillas aparentemente “revolucionarias”. Lo único que les interesa es desestabilizar Honduras; desprestigiarla frente al mundo; destruir las instituciones estatales, el honor de los demás y tomar el poder definitivo. Otros desean meterle fuego como lo han venido haciendo en las semanas pasadas, olvidando sus propias alharacas medioambientalistas. Algunos lo hacen con sus lenguas viperinas. Nunca se les ocurre mirar sus propios rabos de dinosaurios.
Pues bien. Los conceptos de “acto” y de “potencia” provienen de la filosofía “Metafísica” de Aristóteles. Son conceptos aparentemente fáciles con los cuales abusamos en nuestros discursos y escritos, invirtiendo sus significados originarios. Pero difíciles de atrapar en sus sustancias. El acto está ahí presente en cada cosa del “Ser”. La potencia es lo que la cosa podría llegar a “Ser” en un futuro probable. Un niño se encuentra situado en el acto de su niñez. La potencia es que ese niño podrá convertirse en adolescente y más tarde en un hombre maduro en cierto momento de su vida. La potencia en este sentido es el devenir hipotético de cada entidad en su acto originario; o presente de su ser en acto.
Honduras es una entidad predominantemente mestiza y existente en acto, con todos sus recursos naturales y humanos, cada vez más vulnerados y disminuidos. Sin embargo, sus potencialidades de desarrollo integral son muchas, a pesar que a veces estemos situados sobre una encrucijada histórica y geográfica difícil de comprender, en tanto en cuanto que es harto difícil encontrarle una salida saludable para casi todos los hondureños. No sólo para aquellos que esgrimen las banderillas de los oportunistas y arribistas.
Las potencialidades del desarrollo de un capitalismo humanizante democrático se encuentran en cada municipio: en sus cabeceras departamentales, barriadas, colonias, sus aldeas e ignorados caseríos. Debemos, en consecuencia, invertir de nuestro lado un esfuerzo inusual por estudiar meticulosamente el acto, o la actualidad, de los municipios, las cuencas y microcuencas, con sus potencialidades hídricas, la calidad de sus suelos, su diversificación agrícola, las urbanizaciones y luego añadir sus limitaciones geológicas y climáticas. No por curiosidad de diletancia política o intelectual (ni siquiera con sesgos ideológicos o monetarios), sino por compromiso moral con el futuro de nuestras próximas generaciones, cuyo devenir pareciera importarles poco menos que un pepino a ciertos fulanos que sólo piensan en sus intereses inmediatos de los próximos tres meses. O en sus pancartas cargadas con odios ideológicos y seudopolíticos de ocasión.
En ausencia de los actos y potencias materiales y espirituales de Honduras, lo demás es pura palabrería insustancial, ajena a mi cerebro y mi corazón. No sé si podré algún día observar con mis ojos la realización de la utopía sugerida por Froylán Turcios en la “Oración del Hondureño”, mediante desarrollos esenciales alfonso-guilleneanos. Entretanto Aristóteles me sirve inclusive para estudiar a la provincia universal de Honduras.