Armas

Por: Benjamín Santos
En el Estado, por principio, nadie debería portar armas, exceptos quienes actúan en nombre del Estado en las áreas del orden y la seguridad. Resulta contradictorio que sea el mismo Estado el que desarrolle una publicidad como la que acaba de terminar en los medios de comunicación para hacer saber a la ciudadanía que pueden poseer hasta tres armas por persona de manera que si en una casa hay cuatro adultos mayores de edad tendrán 12 armas a su disposición. Luego si la autoridad encuentra a una persona que porta un arma sin permiso en la calle, se le decomisan y va preso por haber desobedecido la propaganda del mismo Estado. Sin embargo uno encuentra a cualquier hora del día o de la noche a grupos de mareros portando armas de grueso calibre y no pasa nada, porque la Policía aparece cuando ya han ocurrido las masacres.
Más grave resulta la cosa cuando el Estado se adjudica el apodo de estado de derecho con sus cuatro requisitos: respeto a los derechos humanos, aplicación del principio de legalidad en los actos de la administración pública, separación de poderes, y el respeto absoluto al imperio de la ley. La consecuencia inmediata es la necesidad de aumentar el número de las fuerzas de seguridad y la incorporación de las Fuerzas Armadas en esa labor para que el Estado pueda a medias mantener el orden o por lo menos llegar a tiempo para contar el número de muertos en las reyertas que se arman a cualquier hora del día o de la noche.
Portar un arma en forma legal o ilegal ya no es seguridad para nadie. Antes se respetaba por miedo a la persona que andaba armada de manera que casi no había necesidad de usarla. Ahora con la misma arma de su propiedad matan a la víctima para robarle y para que el hechor, miembro de algún grupo, pueda demostrar que ya aprendió la lección y de esa manera ganar la confianza de sus compañeros. El arma es un instrumento de inseguridad porque es más probable que lo asalten y lo dejen vivo si anda desarmado que tenga la oportunidad de usar el arma para defenderse. Se actúa en contra de la víctima con premeditación, alevosía y ventaja.
Para completar lo dicho se debe agregar el temor o prudencia con que actúan los miembros de los cuerpos de seguridad para no ser acusados de violarle los derechos humanos a quienes los violan sin limitación ni pudor. Da pena ver a grupos de gente armada y uniformada que en presencia de la violación de la ley a toda hora en las calles y barrios de las ciudades mientras vuelven la cara hacia otro lado para evitar actuar y que luego los mismos jefes los pongan a la orden de las autoridades judiciales por violar los derechos humanos. No hay un equilibrio entre el abuso de autoridad y la actuación en el marco de la ley. Por eso vemos a agentes del orden con celular en manos enviando y recibiendo mensajitos en vez de actuar a tiempo para evitar o reprimir los actos delictivos.
Es difícil formar policías y agentes del orden en general con los valores, habilidades y destrezas que se necesitan para apllcar la ley sin caer en excesos u omisiones. La mayor parte de quienes entran a los cuerpos armados lo hacen por falta de otras oportunidades de trabajo y algunos, ojalá que sean los menos, para usar el uniforme y el arma para otros fines que no excluyen el enriquecimiento ilícito. He visto levantarse capitales de la nada con solo usar indebidamente la autoridad que va unida al uniforme y a la portación oficial de un arma.
A los civilones, como se les llama a los civiles en los cuerpos armados, les recomiendo no comprar ni usar arma. Si los grupos delincuenciales saben que anda armado más rápido lo van a matar y por robarle el arma, pero además si lo descubre la autoridad irá a parar a la cárcel por portación ilegal de armas. En lo personal he vivido experiencias que me ratifican en esa convicción. Hace varios años iba con mi esposa como a las siete de la noche a una comunidad vecina de Cantarranas cuando en una vuelta fuimos atacados a tiros para robarnos el carro. Si hubiera portado arma por pena de hombre macho me hubiera bajado, pero pasé por en medio de los cuatro que nos disparaban y, aunque heridos, nos salvamos.
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