EXTRAÑO PANAMERICANISMO

LA noción de unir a todos los países del continente americano, mediante lazos históricos y políticos comunes, se remonta a los tiempos y propuestas de José Cecilio del Valle y de Simón Bolívar, con las limitaciones geográficas y políticas de los próceres americanos de aquella lejana época, inundada de movimientos independentistas en el norte, en el centro y en el sur. Independencias respecto de Inglaterra, España y de otras naciones del viejo mundo.
Sin embargo, los contextos geopolíticos e históricos se han modificado, lentamente, en las esferas regionales y mundiales, con diversas variaciones, en el curso del tiempo. Las jóvenes repúblicas se fueron fragmentando por causa principal de las peculiaridades geográficas de cada región y subregión. A veces perdiendo soberanías como en los tiempos de la llamada “Doctrina Monroe”. No obstante el trasfondo de aquella doctrina corrosiva, la realidad hemisférica del continente ha obligado a la búsqueda de posibles derroteros comunes en materia de auxilios humanitarios, militares y democráticos, tal como ocurrió durante la “Segunda Guerra Mundial”, en donde todos los países americanos, exceptuando Argentina, se hicieron un solo nudo para neutralizar y liquidar el nazi-fascismo.
El “Día de las Américas” propiamente dicho, se remonta al año de 1890, momento histórico en que se celebra la “Primera Conferencia Internacional Americana”, en el Distrito de Columbia, con la decisión inmediata de crear la “Unión de las Repúblicas Americanas”, con más de cien años de anticipación al Tratado de Maastrich que vino a formalizar la existencia de la Unión Europea, con la diferencia que los países del continente americano jamás se han unificado de hecho en una sola república; ni mucho menos.
Sea como fuere la fecha de unificación del continente americano se conmemora el 14 de abril de cada año, a partir de 1931. Es decir, ocho años antes de desencadenarse la guerra global arriba mencionada. Cabe destacar que precisamente en 1948, tres años después de finalizada aquella guerra, se creó la Organización de Estados Americanos (OEA), con el sano propósito hipotético de “reafirmar los ideales de paz y solidaridad continental que todos profesan, fortalecer sus lazos naturales e históricos y recordar los intereses comunes y aspiraciones que hacen a los países del hemisferio un centro de influencia positiva en el movimiento universal a favor de la paz, la justicia y la ley entre las naciones”. Esta formidable asociación ofrecía, además, “ayuda en comercio, salud, agricultura, geografía, historia y otras áreas de interés para el progreso regional”. Hasta un “Himno de las Américas” logró difundirse por las aulas escolares. Himno que hoy nadie recuerda ni remotamente, como si se tratara de una añeja utopía.
El proyecto de la OEA, sin embargo, sigue vigente. El problema es que pareciera haber perdido algunos de sus principios constitutivos. Más de algún dirigente poderoso de los estados miembros, ha extraviado de su agenda aquello del auxilio en comercio, en salud “y en otras áreas para el progreso regional”. La hermandad continental sigue siendo de hecho una utopía. Ni siquiera los países de ciertas regiones mantienen la apariencia de la identidad y solidaridad regionales que pregonaban nuestros próceres, porque la cruda realidad de cada país es diferente a la de los demás. Quizás lo único que podría convertirse en denominador común es el tema de la salvaguarda de las democracias republicanas. Conviene advertir, entonces, que al momento de hablarse en 1890, en 1931 y en 1948 de la “Unión Americana”, se perdieron de vista las grandes asimetrías económicas y las diferencias antropológicas insoslayables incluso en los países “latinos” e “hispanos” predominantemente mestizos.