Reunificación nacional catracha

Por: Segisfredo Infante
No nos engañemos. En Honduras la incomodidad se expresa en los gestos, la forma de caminar, de mirar, de pararse, de escupir, de bromear, de conspirar, de ningunear, de alzar la voz sin necesidad, y luego mediante el dicterio permanente contra el Estado. Porque aquí en nuestro medio solemos confundir el Estado y su sociedad civil (que somos todos los entes civilizados) con los tinglados gubernamentales que pueden ser prolongados o transitorios, según cada caso histórico. El gran narrador y patriota centroamericano Froylán Turcios, que se había metido en el ajo de la política lugareña desde finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte, decía que “el hondureño siempre tiene el dicterio a flor de labio”, naturalmente para referirse al prójimo y, sobre todo, para atacar o contra-atacar a los adversarios políticos e ideológicos, sean éstos reales, supuestos o imaginarios. Después de un siglo ya pareciera, este fenómeno del dicterio venenoso o estéril, una mala característica cultural catracha, harto difícil de corregir en los días difíciles que corren.
Haciendo un recuento histórico, más o menos republicano, son pocos los momentos en que los hondureños compartieron una causa común. A mediados del siglo diecinueve, en pleno apogeo “conservador” (más anárquico que conservador), los hondureños se unieron para expulsar a las fuerzas invasoras representadas por el filibustero William Walker. Bajo el gobierno de Santos Guardiola, y bajo el mando directo del valeroso general Florencio Xatruch Villagra, lo aguerridos soldados hondureños y centroamericanos propinaron duros golpes militares y políticos al filibusterismo. No está de más recordar que el gentilicio coloquial de catrachos proviene de una deformación del apellido “Xatruch”. Es decir, los solados “xatruches” o “catrachos”.
Un segundo momento de reunificación de los hondureños, en el siglo diecinueve, se experimenta durante la reforma liberal capitalista de Marco Aurelio Soto y Ramón Rosa, habida cuenta que ambos personajes habían determinado aglutinar bajo su gobierno a todos los talentos intelectuales y a todas las facciones políticas, de tal suerte que nunca fundaron ningún partido político. Ramón Rosa detestaba los sectarismos radicalizantes, aun cuando ellos dos cometieron el error de fusilar al desprotegido ex–presidente José María Medina, con escasa fundamentación jurídica que respaldara tal magnicidio público. “Medinón”, dicho sea de paso, exhibía algunas ideas y prácticas “liberales”, y había sido el principal protector del general José Trinidad Cabañas. (Creo que este es un tema historiográfico, todavía oscuro, que debiera ser investigado más a fondo, imparcialmente).
En la segunda mitad del siglo veinte los catrachos, de diversas tendencias, estuvimos unidos en dos momentos cruciales: Durante la guerra honduro-salvadoreña de 1969, y durante el siniestro natural del huracán “Mitch” en 1998. No me quiero referir al supuesto sentimiento común que concita la “Selección Nacional de Honduras”, en tanto que a los pocos días comienzan a apedrearse los olimpistas y los motagüenses, por causa de los mismos jugadores seleccionados, incluyendo a los que practican “potras” en espacios más reducidos de nuestro país. Sin embargo, en fechas recientísimas parecieran presentarse motivos de unidad frente a los incendios forestales catastróficos, en donde el Cuerpo de Bomberos y la población civil desempeñan un rol de salvaguarda fundamental. Sin embargo, los incendiarios y depredadores sistemáticos de bosques, son ciertos hondureños desalmados, incluyendo a algunos que levantan pancartas “revolucionarias”.
La reunificación catracha habrá de presentarse en un futuro más o menos cercano (o tal vez lejano) como si fuera un asunto de vida o muerte nacional. En tal contexto habrá de ser menester convocar a los mejores talentos hondureños: jóvenes, maduros y viejos, al margen de sus respetivas tendencias ideopolíticas, siempre y cuando estén interesados en conservar el Estado, la democracia real pluralista, el bien de todos y la identidad nacional mestiza. Las acusaciones y contra-acusaciones entre unos y otros, pasarán a ser un tema completamente secundario frente a las urgencias nacionales, como si se tratara de un puro ruido de fondo, de una agenda foránea. La tolerancia y el respeto hacia los demás serán como la principal bandera, si deseamos reunificar a Honduras.
He sido testigo de varias discusiones áridas en donde los contendientes coinciden en varios o en algunos puntos de empalme. Pero como están predispuestos a zaherir a los demás, ni siquiera escuchan las partes coincidentes de sus discursos en pugna. Guillermo Hegel hablaba de los opuestos antagónicos, con enormes posibilidades de conciliación o de reconciliación humanas. En todo caso, expresaba este genial filósofo alemán, de la fricción de los opuestos puede resultar un tercer fenómeno. Otros autores posteriores (europeos y mongólicos), fingidamente hegelianos, introdujeron la inquina de “lo irreconciliable” en las contradicciones sociales, políticas y económicas. Para Hegel “la Razón” era el motor de la Historia. Para otros es la violencia, hoy por hoy improductiva.