DERROCHE

CONCLUIDO el largo asueto de Semana Santa, el amable público regresa a despabilarse. Ya en los recibos de la luz de este mes aparecerá el incremento de la tarifa. La gasolina superior, a partir de esta semana, supera los 100 lempiras el galón. El barril de crudo llegó a los $65.70 el barril, gracias al recorte del suministro acordado por los alagartados jeques de la OPEP –con los rusos de Putin sumados al atraco– y a las sanciones de POTUS a los que compren crudo a Irán. Son factores exógenos. Poco se puede hacer por no sufrir el impacto de lo que se importa y no se produce nacionalmente. Sin embargo, no todo es consecuencia de lo que sucede afuera, si aquí localmente no hay conciencia de ahorrar lo que es caro. El despilfarro de energía da vergüenza.
Y no hay esfuerzo que hagan por economizar. Basta ir a cualquier esquina de un bulevar para presenciar el desorden del tráfico vehicular. Es un bestial derroche de gasolina. El sistema está viciado. Taxis, quemando diésel, dando vuelta por doquier en busca de pasajeros. “Rapidolocos” peleando línea. Vehículos conduciendo por el carril izquierdo a paso de tortuga que impiden el paso a los que atrás vienen más rápido. “Busotes” que se paran a media calle donde se les antoja para subir y bajar pasajeros. Aquí en esta columna de opinión les hemos dado el remedio para poner orden en la capital, pero todo lo que implique ahínco o creatividad en la solución de los problemas, cae en oídos sordos. Si ocupan ingreso se van por lo más fácil. Le suben al prójimo acabado los impuestos, las tasas y las contribuciones. Los embudos en toda la ciudad por el improvisado manejo de la nueva infraestructura que construyen. Las vías públicas trancadas, porque la alcaldía da permisos a la garduña para que cualquier vecindario se enreje, poniendo a media calle una caseta de peaje y vigilancia, mientras le cortan al resto de la ciudadanía su derecho a la libre circulación. Con el agua es la misma historia. Aparte que más de la mitad de los vecinos de la ciudad capital no tiene servicio de agua potable. Dependen de los carros cisterna y de las cubetas que llevan a tuto largas distancias para echar en los toneles. Como no hay otra fuente de suministro de agua, aparte de las mismas represas que abastecen la demanda desde hace años, a rogarle a San Isidro labrador que ponga el agua y quite el sol.
El embalse de Los Laureles está en 24% de su capacidad, mientras que La Concepción bajó su nivel al 48%. Sin esperanza que el grosero racionamiento –echan el agua una vez a la semana– vaya a menguar. La eventualidad de contar con otro embalse es casi nula. Se trata de una carencia eterna. Todas las propuestas que hacen año tras año, durante se presenta la aguda escasez, no pasan de ser promesas mentirosas. Ni siquiera han completado de hacer el traspaso del sistema del SANAA a la alcaldía municipal. Y no dejen de meter en la ecuación los trámites en las oficinas públicas enmarañados en la telaraña burocrática, donde vacilan a los pobres mortales haciéndolos pasear de un lado al otro. Que venga mañana, que regrese pasado –la junta no se ha reunido, que al jefe lo llamaron de urgencia, que están en una sesión, que salió a almorzar y no regresa– que hasta la próxima semana. ¿Cuánto se atrasa la actividad económica por falta de agilidad y cuánto se malgasta en tiempo y transporte, teniendo a la gente tonteando por un pinche trámite administrativo?