LECTORES DOMINICALES

HAY lectores de periódicos de todos los días. Pero hay otros lectores que por diversas razones y motivos prefieren conseguir una publicación dominical, ya sea que se trate de una revista, de un libro casual o de un periódico, a fin de relajarse detenidamente los sábados y domingos. Digamos que los que toman una publicación diaria son gente disciplinada y lectores de oficio, que leen y estudian con el objeto de cumplir tareas determinadas. Mientras que aquellos que leen únicamente los domingos, buscan algún conocimiento específico; o simplemente el goce estético.
Los lectores dominicales madrugan hacia los parques y los quioscos con el fin principal de comprar el periódico, tomar una tacita de café y abrir las páginas para las búsquedas de sus intereses espirituales. De inmediato recorren con algún entusiasmo las páginas editoriales. Disfrutan algunos suplementos culturales o históricos; hacen recortes; y luego traban conversaciones con temas afines a lo que han leído, sin descartar la polémica de ocasión. Sin embargo, en términos generales el lector dominical trata de distanciarse de los problemas políticos diarios, de las disquisiciones económicas, de los fragmentos informativos y de la pelea pública en general, según sea el país en donde habite. Podría ser que tampoco le guste el abordaje ideopolítico desde la perspectiva de los columnistas que difieren de sus maneras personales de ver la realidad.
Sea como fuere ambos tipos de lector son indispensables, o se complementan, en el discurrir cotidiano de cualquier sociedad. Cabe aquí recordar que existió cuando menos un filósofo, en los comienzos del siglo diecinueve, que ponderaba como si fuera un milagro que los periódicos aparecieran en la puerta de su casa cada día, sin importar si las noticias eran positivas o negativas, habida cuenta de la necesidad de estar informados sobre las menudencias políticas nacionales e internacionales. Esto es muy importante porque algunas personas piensan o creen, equivocadamente, que ni los filósofos ni los científicos leen periódicos, aun cuando ellos quizás prefieran disfrutar los periódicos dominicales.
El oficio “sacrosanto” de leer periódicos, libros físicos y revistas serias, se ha visto disminuido en estos últimos años, en tanto que mucha gente en el mundo ha preferido las habilidades manuales o digitales con el fin de reemplazar, supuestamente, el verdadero conocimiento. Pero el placer de oler las páginas y la tinta impresa, es insustituible. Incluso con el derecho de subrayar los párrafos y de manchar algunas páginas con gotitas de café, porque a la par de la lectura de los periódicos se extiende la tertulia bienhechora de las sociedades más o menos maduras. Nada se compara con la tertulia edificante de los amigos y familiares en torno de un buen artículo, un buen poema o en torno de un pensamiento que trascienda las coyunturas que suelen ser demasiado áridas. El problema es que los hondureños, en promedio, hemos perdido la capacidad de charlar gozosamente, sin voces groseras y sin ademanes agresivos, como si hubiésemos nacido ayer, y apenas hubiéramos comenzado a abandonar los caminos toscos y abrasivos de la barbarie.
Dos siglos de historia republicana debieran ser redituables, culturalmente hablando, para la mayor parte de hondureños que han asistido a las aulas de distintos niveles, y cuyos abuelitos fueron personas dignas y respetuosas. Pero muchas veces ocurre lo contrario. Al hondureño promedio le fascina enzarzar a los demás, y enzarzarse a sí mismo, en discusiones basadas en puros rumores y prejuicios. Eso significa que nunca leyeron en serio, ni siquiera los periódicos dominicales. Por eso son víctimas del chismorreo y de su propia ignorancia, utilizada por aquellos que pescan en todos los ríos revueltos.