Pobreza espiritual, factor de inseguridad

Por: José Antonio Pereira Ortega
Coronel ® [email protected]
Los hondureños, estamos siendo testigos pasivos del dolor y la tristeza que embarga a muchos hogares que sufren la pérdida de un ser querido por muerte violenta, sea por efecto de la criminalidad (incluida la mala praxis), suicidios o por accidentes viales, y otras circunstancias producto de la causalidad o la casualidad.
Lo preocupante es la conducta de disimulo que expresamos, ya que ni los dolientes ni el resto de ciudadanos, nos ocupamos de enmendar y podemos observar conductas recurrentes con los malos hábitos de actuación insegura, sin tomar medidas mínimas de seguridad en especial a la hora de conducir o salir a trasnochar en áreas poco seguras, con altos consumos de drogas y alcohol y sin una autoridad que haga cumplir la ley, cuando se aparecen es para buscar agenciarse fondos extras con las consabidas multas.
Debemos reconocer, que lo vertiginoso de las exigencias en las vidas de las personas hoy día, arropadas en la modernidad tecnológica y acechados por grupos e individuos delincuentes, le agregan mayores riesgos y descuidos en sus quehaceres, en particular en circulación descuidada a pie y en vehículos y muy particular, en las operaciones en que se involucran transacciones de dinero, ya sea en retiros bancarios de cantidades grandes o en transacciones como las compra y ventas de automóviles, hechos que incitan al delincuente a actuar en su contra.
Es necesario mencionar además, que la posesión material de bienes y anhelos de riqueza nos ha transformado al tener en vez del ser, llegando al extremo de haber hipotecado nuestra espiritualidad por lo material, si no creen repasemos las concurrencias de personas en particular los millennials a las actividades religiosas y en familia de la “Semana Santa”, encontraremos que fue mínima, dando con ello cabida al vacío espiritual, sacrificado con el desgorre y el gasto desmedido, víctimas del hedonismo y el consumismo sin medida.
Debo aclarar que la espiritualidad no debe concentrarse solo en la religiosidad, su contenido es más que eso, por ejemplo: los intereses y aspiraciones personales y familiares con visión triunfante, tener éxitos, en lo social, económico y cultural, es decir integrar el desarrollo, consolidado en su ser con la pertenencia y mejora material como anhelos y finalidad de su vida, creciendo como persona.
La opinión anterior, la respaldo en un concepto de espiritualidad “es la aceptación del potencial de nuestro espíritu”, un concepto difícil de explicar y fácil de comprender, es todo lo que somos, el conjunto de nuestras creencias, de nuestra fe, de nuestra naturaleza, de nuestra relación, de nuestros conceptos e ideas, está presente en nuestra base moral, y es lo más natural y salvaje que tenemos en todo nuestro ser”.
De hecho no hay nada malo en comprender la espiritualidad en relación a la religión, pero debe entenderse que la relación es normalmente inversa a lo que se dice, porque la religión y la creencia son facetas de la espiritualidad, que además incorpora como elementos la mente, el alma, el espíritu, el poder y también la materia. Es decir sin ser una persona religiosa, bien puede ser una persona espiritual, basta tener la creencia en uno mismo y en su naturaleza.
En este contexto, la constante que marca muchos de los hechos criminales y que siembran entornos de violencia e inseguridad en nuestros espacios habitacionales, públicos y laborales, es porque estos inadaptados sociales carecen de espiritualidad, y por ello actúan fríamente con saña y desprecio a la vida de los demás y cometen esos crímenes cargados de atrocidad y horror que impactan negativamente en la población y nos exhiben internacionalmente.
Ante tal situación, valdría la pena estudiar en qué momento y qué causó que estos malos sujetos perdieran su espiritualidad si es que tuvieron. Igualmente es oportuno reflexionar y establecer programas de motivación para que las personas de bien con buena formación espiritual, independiente de su fe y creencia religiosa mantengan sus valores y poder trascender con empatía su espiritualidad en apoyo a los demás.
En consecuencia, es tiempo de implementar medidas pasivas contra la inseguridad previo al enfrentamiento armado y peor cuando se está en desventaja con un “enemigo” que convive y se desarrolla entre “amigos” en su hábitat como ser: la promoción de la espiritualidad para conformar un escudo moral en las personas en peligro, evitando así que caiga en las garras de las organizaciones criminales aferrados en la obtención del dinero fácil.
Por lo anterior y con la lectura de expertos puedo recomendar que se proceda a construir espacios y programas de desarrollo colectivo de los jóvenes en riesgo, por medio de ello iniciar el cultivo y fomento de la espiritualidad que permita los cambios radicales en el comportamiento de los jóvenes y guiarlos para convertirlos en mejores personas, tranquilos, felices y seguros.